22/07/2010.
Autor: Biemvenido Arena. Niño/as, junto una de las chabolas en la playa. finales de los 50.
Iban todas a ese parque de atracciones permanentemente abierto que era el mar y la playa, y cada día sorprendía con una nueva atracción, hoy sopla viento de levante ¡a chorrarse con las olas! Entonces, a modo de tabla de surf, cada una rebuscaba en la playa cualquier trozo de madera, no siempre exento de clavos oxidados y puntiagudos; aquella playa salpicada de barquitas y jábegas listas para salir a faenar, y, a veces, cuando los fuertes temporales hacían que el mar entrara por el laberinto de estrechos callejones emulando Venecia debían utilizar los destartalados tornos de hierro y madera oxidados por la calima, les calzaban los parales de madera regastados untados de sebo y varaban hasta la misma puerta de su casa su preciado y único medio de vida, su barco.
Cada día el mar diseñaba caprichosamente la anchura de la playa, unas veces más ancha y otra con dificultad podían buscar los pequeños “tesoritos” que para los niños y niñas de esa época se encontraban entre las piedrecitas de la playa: los cristales de colores, que las pequeñas manos infantiles manejaban con destreza en viejas latas atiborradas de tesoritos vidriosos que día tras día traía el mar, las más codiciadas eran las más grandes y de color único, desgastados y romos que atesoraban como si del Dorado se tratara, para luego, meterlos en un hoyo en la arena, cubiertos con un culo de botella que el sol hacía brillar como un arco iris de colores. Era la fascinación de los días infantiles de sol y risas que estallaba a borbotones en aquellos brillos mágicos de luz.
Los días que tocaba colada mi madre la mandaba al río Gálica a lavar la ropa, entonces las peleas pueriles eran por quien pillaba la mejor piedra, la más planita, la mejor ubicada en el río, para que costara menos trabajo hacer la tediosa tarea de la que ahora se ocupa la lavadora.
No había día que no se encontrara al Quince, un señor que tenía un carro muy viejo de dos ruedas tirado por un mulo y transportaba arena de la playa para todo el que le encargaba y quería hacer obras en su casa, a veces, se cruzaba la pareja de la guardia civil ataviados con capa verde oliva y tricornios lustrosos, con fabulosos caballos que nos daban miedo e imponían respeto a los enmudecidos niños, cuando el cabrero coincidía, quien, muy respetusosamente, daba los buenos días a la benemérita y traía la leche a domicilio en envase original, la propia cabra, que era ordeñada ante las atentas miradas de los chiquillos que reíamos viendo el espectáculo de ordeñar al animal.
Tocaba ir al pozo con cubos para coger agua para toda la familia y, de vez en cuando, nos visitaba el juglar ciego de capa negra que usara como manta en las noches de intemperie, quien venía acompañado de un infante lazarillo y se apostaban junto al pozo para contar sus historias. El chiquillo, a modo de protocolo religioso y en espera del silencioso gentío que rodeaba este vocero de historias espantosas, colocaba un cartel con las figuras de la historia que iba a contar como si de un cómic se tratara, mientras el juglar cantaba, entre otras, la casi siempre dramática y triste vida de Redondo cuya novia fuera muerta y enterrada por su propio padre en un ataúd de cristal y paseada por el pueblo cual macabra procesión, el lazarillo iba señalando en el cartel los acontecimientos paso por paso, acompasado de una cantinela musical bien estudiada, para luego vender las octavillas impresas con la canción que más hacía llorar a todo el vecindario que allí se congregaba, canciones que quedaron grabadas a fuego en las mentes de nuestras abuelas y que luego nos cantaban como canciones de cuna.
Los sábados por la noche y como algo excepcional, mi padre nos invitaba a gaseosa en “El Tintero” del abuelo Antonio, local que se transformó en un bar improvisado pero que en sus orígenes fue el lugar donde se teñían las redes de los pescadores con una especie de anilina oscura que se le ocurrió complementar con unas cuantas cajas de botellas de vino y algunas mesitas para jugar al dominó. Allí era el final del día donde se porfiaba, el que más lejos había llegado con el mejor de los barcos y el que más y mejor había pescado.
Allí con un vaso de gaseosa cada niño que hacía burbujitas mágicas hacia arriba, mirábamos a los mayores fumando, gritando, jugando a las cartas... Allí había un olor especial a brea, tabaco y vino.
Eran los veranos de los años sesenta, en la Playa de El Palo, fueron los años dorados de nuestra infancia, una infancia pobre pero exuberante de alegría, imaginación, salitre y olas.
Inma Caparrós Vida.
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