BENDITA NORMALIDAD

26/04/2020

Sumidos en una convulsión consumista algo paranoica, sin duda, atrapados en una necesidad agónica por llegar a participar en toda ocasión promocionada, a golpe de catálogo y oportunidad inexcusable.

Esta mañana, al acudir a por el diario, hemos cruzado unas pocas palabras, a través de las mascarillas, un breve saludo y un mínimo comentario que evoque, siquiera se aproxime, al “pegar la hebra” que también había caído en desuso.

Y así me ha espetado mi amable quiosquero: ¡Qué ganas tengo de que llegue el domingo para poder salir a dar un paseo con mi mujer!

Y yo he asentido que también yo he comenzado a pensar en la posibilidad de participar en ese mínimo placer, de dar un paseo, tal vez a paso vivo, como haciendo ejercicio para estirar articulaciones, respirar muy hondo, mirar a lo lejos, cansarme un poco y regresar a casa feliz … sin más pretensiones.

De vuelta y bienvenida, pues, la átona normalidad que nos permita regresar al ensimismamiento de encontrarnos a solos, por ejemplo, con nosotros mismos. Recuerdo, cuando era verano y yo, niño veraneante, pasaba una temporada con los abuelos en el pueblo de mi padre, y al caer la tarde, justo un poco antes de que entrase el fresco, ellos se sentaban a la puerta de su caso, sobre un banco de piedra, a hacer tiempo hasta que se echara el anochecer … y recuerdo aquellas miradas fijas, como ausentes, relajadas, estragadas tras sus largas y esforzadas jornadas, por encima de las bardas de las huertas, hacia el horizonte serrano, donde se originaban las nubadas que ya relampagueaban en silencio … mientras se juntaba algún vecino más y, comidos de moscas, mis abuelos y sus vecinos, comentaban, como sin querer, los pormenores del devenir agosteño, saciado, de aquel tiempo de polvo en suspensión, al tiempo que escuchábamos las esquilas de los carneros que anunciaba la llegada del rebaño que se encaminaba por mitad del pueblo hacia el acogedor y cálido redil.

Y yo mordisqueaba la merienda, pan de hogaza con onzas de chocolate, tan feliz, tan atrapado por la imagen vivida para ser guardada en la retina de mi memoria infantil.

En virtud de una aparente somnolencia muy despierta y alerta, bajo los vuelos de vértigo de los vencejos que espigaban insectos raseando el aire detenido. Torre del mar     abril – 2.020