Comportamientos humanos

16/12/2006

Hablar de la juventud o de los adolescentes de nuestro mundo actual, es abordar un tema muy complejo, no por ello apasionante, que está afectando al entorno familiar en cualquier parte del mundo. Hacer un análisis de los comportamientos y actitudes que mueven al ser humano en esta etapa de su desarrollo es, precisamente, lo que hace interesante el hecho de adentrarse en ese mundo interior que condiciona su conducta exterior. Hay que tener en cuenta que la adolescencia, según se estudia en Psicología pero, sobre todo, en la historia de la humanidad, representa el estadio de crecimiento donde se asienta la búsqueda de su propia identidad como ser individual. Obviamente, esa identidad puede verse afectada por diversos acontecimientos dados en su vida desde el momento de su concepción hasta llegar a esta estación evolutiva; variables que son ajenas a su voluntad, pues sus etapas anteriores han sido de total dependencia de su familia y de su entorno social y educativo.
 
         Los jóvenes que han sufrido grandes crisis en su adolescencia pueden ver alterada su conducta posterior, al no lograr la madurez necesaria para sostener el desarrollo de su personalidad. De ahí la posible apatía y las respuestas antisociales, agresivas y violentas que tanto duelen a las familias y a los educadores. Negación a una integración más razonable desde los parámetros que definen las líneas de comportamientos en nuestras respectivas culturas. Se observan en los adolescentes y en los jóvenes patrones de comportamientos muy comunes en todas las culturas en cualquier continente de nuestro planeta. Esa es, al menos, la queja que escuchamos en los entornos de la familia, en los centros educativos y en el seno de la sociedad. Estos patrones se definen con dureza por la contestación, a veces tan extrema, de los jóvenes por sus costumbres y hábitos de vida; costumbres que no coinciden con las de las generaciones que le preceden y que constituyen el mundo de los adultos.
 
         Para centrar un poco esta reflexión, quiero pararme un poco en el ámbito familiar. Es cierto que los ritmos de vida de nuestra sociedad dificultan mucho la comunicación fluida entre los miembros de una misma familia. Es muy frecuente que tanto el padre como la madre trabajen fuera de la casa, normalmente con horarios contrapuestos; las necesidades económicas, con la hipoteca de la vivienda incluida, obligan a ambos a buscar los recursos financieros suficientes para hacer frente a tantos gastos; la cultura de consumo desnaturaliza lo que es necesario para vivir sin agobios, por lo que el afán de compra es, muchas veces, un acto compulsivo dirigido desde una publicidad engañosa. Al no existir una comunicación abierta y natural entre padres e hijos ni entre los propios conyugues, tampoco se potencian las actitudes de escucha y de respeto mutuo; conocer la realidad de cada uno, que no todas son iguales, implica detenerse en algún momento sosegado para compartir las vivencias y las inquietudes de ellos; se trata de poner en común lo que es, en definitiva, la realidad de una familia. Esta situación modela, se quiera o no, una forma de vivir que no satisface a ninguno de manera profunda, creándose conflictos de relación y de afirmación de personalidad en los adolescentes. Nadie se entiende ni nadie escucha; no se quiere entrar en la profundidad de los problemas, más bien se pasa por la superficialidad de cada día y eso es todo. ¿Qué podemos esperar de una realidad como ésta?
 
         También he de decir que no toda la juventud es problemática. No. Afortunadamente existen muchos chicos y chicas que asumen su desarrollo con una actitud positiva y creativa, evolucionando favorablemente hacia un futuro más estable, sin traumas ni conflictos graves. Pero en este análisis quiero centrarme en aquella otra juventud que sí se plantea como un problema social y familiar.
 
         Todo el mundo de inconformismo y de rebeldía que surge de una mente adolescente es muy difícil de asimilar; es como conducir un coche a 200 Km. por h. cuando estamos acostumbrado a no sobrepasar los 100 km.; se nos presenta como una velocidad de vértigo imposible de dominar. Habremos de reducir nuestro campo de visión y tratar de adentrarnos en su mundo interior con paciencia y comprensión, cosa que no siempre es posible. Desde un punto de vista afectivo, hemos de cuidar mucho estas atenciones, pero sin confundir afecto con permisividad; tal vez tengamos que ser observadores de su evolución y ser, al mismo tiempo, apoyo cuando nos necesita. La intolerancia o la permisividad son malas consejeras cuando tratamos de convivir con los adolescentes o los jóvenes; mantener el equilibrio emocional es nuestro reto, tanto de los padres como de los educadores, y ese equilibrio emocional dependerá de la calidad de la estructura personal de cada persona, es el indicador de madurez de cada uno. Cuando en un entorno familiar, sus miembros mantienen una estructura personal estable y positiva, las probabilidades de que el adolescente o el joven se integre con facilidad y sin problemas en ese contexto, es muy grande; solamente la excepción confirmará la regla.
 
            Lo mismo que sucede en el entorno familiar se puede extrapolar a otros medios donde el joven o adolescente se mueve. Éstos vivirán sus experiencias con mayor o menor intensidad y mayor o menor influencia; dependerá de esta estructura familiar estable o desestructurada la que ayudará a afrontar con mayor o menor éxito estas experiencias externas que, a su vez, pueden influir en mayor o menor intensidad en el comportamiento de éstos.
 
         Es cierto que la influencia que ejerce un grupo social determinado en una mente que se está creando, con sus mundos personales y vivenciales, es muy poderosa. Sobre todo en los medios sociales donde se convive con zonas marginales o en aquellos otros entornos de gran poder adquisitivo donde se acredita una gran disponibilidad y permisividad. Tanto un extremo como el otro son negativos. Insisto en la necesidad de que en el entorno familiar se cree un medio de confianza y credibilidad en los comportamientos de todos sus miembros, y esto es una estructura estable y equilibrada, para garantizar, al menos en un alto grado de probabilidad, un éxito en el desarrollo armónico de los adolescentes y los jóvenes. Y esta experiencia se debe vivir desde que el niño es concebido por la pareja, no sólo cuando ya está crecido y tocado por los negativismos de nuestro mundo.
 
         También es cierto que la incertidumbre en el futuro ocupacional y, antes, en la adquisición de una buena formación, condiciona poderosamente el comportamiento de este colectivo humano que tantos quebraderos de cabeza crea a su alrededor. La inestabilidad emocional se debe, en parte, a la inseguridad de su futuro inmediato. De ahí el índice de delincuencia y de dependencias a las drogas tan alto que sufren las familias y la misma sociedad. Por esta razón, las responsabilidades no deben centrarse únicamente en los jóvenes y los adolescentes; cada persona o ente público o privado debe reflexionar seriamente en su parte de responsabilidad en este fenómeno social tan grave. Por lo tanto, que cada cual se mire a sí mismo y aporte aquella parte de su hacer en pro de una juventud más rica en valores y experiencias humanas, porque los resultados repercutirán en toda la sociedad. No olvidemos que esa juventud tendrá que asumir, en su momento las riendas de la sociedad y de la vida que nos toque vivir en cada momento de nuestra historia.
 
                         José Olivero Palomeque
                                                        2006