Desconectar del móvil en verano no es suficiente

03/08/2018

Cada persona tiene por término medio más de siete cuentas activas en las redes sociales. Entre los más jóvenes, de 16 a 34 años, esta cifra aumenta hasta las 8,7 de media, y se reduce a las 4,6 entre los mayores de 55 años, según se dice en el último informe de Global Web Index 2018. Por su parte, los españoles pasan a diario 5 horas y 20 minutos en internet, y de estas, una hora y 38 minutos en las redes sociales. Según alertan varios expertos en salud mental en todo el mundo, esta hiperconectividad ha comportado un crecimiento de los problemas mentales. Por ejemplo, los millennials –la generación socialmente más conectada de la historia– son también, según asegura la Asociación Americana de Psicología (APA), la generación más ­estresada.

Paralelamente, “existe una tendencia social cada vez más importante para desconectar del móvil, porque hay gente que se ha dado cuenta de que –por ejemplo– discursos como el de que la tecnología permite la multitarea es falso, y que lo que en realidad provoca es que vivamos de forma más acelerada”, explica Enric Puig, profesor de los estudios de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). De aquí nace la necesidad de desconectarse, desde el punto de vista personal y psicológico.

Los paréntesis de desconexión, si no van acompañados de una tarea previa, pueden no servir de nada

Así, aunque el uso de las redes y de los teléfonos móviles no para de crecer, parece que el agotamiento virtual va ganando adeptos. El estudio Global Mobile Consumer Survey 2017 elaborado en España lo cuantifica: el 42% de los encuestados piensa que utiliza demasiado el teléfono móvil, idea que se repite en casi todos los grupos de edad. El 25% afirma que se esfuerza por utilizar menos el teléfono y que lo consigue, y el 16% dice que lo intenta, pero que no tiene éxito. “Cada vez hay más gente que se da cuenta de que internet no es la solución de los problemas, sino que en muchos casos es un problema más”, afirma Puig, que añade que “hay una tendencia mayor a desconectarse de las redes en el terreno personal, pero al mismo tiempo hay una presión social creciente para estar conectados constantemente”. De hecho, el 92% de los españoles ya se conecta diariamente a internet y el 57% prefiere hacer las tareas digitalmente si tiene la posibilidad.

El verano es la época elegida por muchos para reducir su dependencia del teléfono móvil, pero puede que los paréntesis de desconexión –sean cuando sean– no sirvan de nada, alerta Puig: “Alguien que se desconecta en verano, o durante un periodo de tiempo determinado, es posible que no aprenda nada de esta desconexión y que, cuando se encuentre al volver con el yo conectado de nuevo, vuelva a caer en los mismos errores del pasado”.

Desengancharse no es fácil, ya que como en todos estos procesos se genera un síndrome de abstinencia

Manuel Armayones, director de desarrollo del eHealht Center de la UOC, explica que “desconectar de la presión, las prisas, la conexión continua es lo que nos permite descansar, pero lo tenemos que hacer tras una tarea previa de ir bajando gradualmente el ritmo”. En opinión de Armayones, “la clave está en tomar acciones que podamos proyectar hacia el futuro y que seamos capaces de mantener en septiembre”. Para Puig, los periodos de desconexión “tienen que servir para generar conciencia crítica sobre cada uno de los usos que hacemos de los dispositivos y de las aplicaciones adaptándolas a nuestras necesidades reales, en lugar de adaptarlas a las tendencias que provienen de las presiones del mercado”.

Pero desengancharse del móvil no es fácil, porque como en todo proceso de esta características ­también se sufre un síndrome de abstinencia. Según Oracle Mar­keting Cloud, cada persona con­sulta el móvil, por término medio, cerca de 150 veces al día, y el 42% de los usuarios españoles no pasa más de 60 minutos sin consultar su WhatsApp.

“Eso es porque muchas de las aplicaciones que utilizamos normalmente están dotadas de un conjunto de estrategias, como las notificaciones instantáneas o la disposición de los elementos visuales, que están pensadas para crearnos dependencia, para que las utilicemos constantemente”, considera Puig.

Un estudio publicado en enero del 2017, coordinado por investigadores de la Universidad de Maastricht, apunta que un uso pasivo muy intenso de las redes sociales aumenta negativamente el bienestar subjetivo.

“El uso pasivo de las redes sociales es un terreno fértil para la envidia”, detalla el estudio. Actos como seguir la vida de otras personas en Facebook, leer los tuits o mirar las imágenes en Instagram sin interactuar son usos pasivos y pueden afectar al bienestar del usuario, si se compara constantemente con lo que hacen los otros. Algunos desconectados digitales afirman que se sienten vulnerables, inseguros y adictos a la validación externa de las otras personas por medio de los me gusta o de los comentarios.

“Este círculo vicioso de validación externa tiene lugar cuando la persona necesita al otro para reforzar la identidad, para sentirse una persona valiosa, cuando por sí misma no tiene una identidad fuerte, ni segura ni positiva, ni se siente valiosa ni digna de amar”, explica Mireia Cabero, profesora de los estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC.

Un me gusta provoca un chorro de endorfinas positivas en el cerebro. Cuando un usuario cuelga una publicación en las redes, es un acto excitante, porque no sabe qué recibimiento tendrá, pero cuando la diferencia entre la expectativa y la realidad es muy grande, el usuario se puede sentir frustrado. “Puede ser que se dependa emocionalmente de los me gusta, porque uno se construye y se hace a partir de la valoración que recibe del otro”, alerta Cabero