EL APOYO MUTUO PALEÑO Y LA HEROICIDAD INDIVIDUAL

02/07/2021

No creo que la gente de la mar paleña haya leído “El apoyo mutuo” de Piotr Kropotkin, pero seguro que saben de lo que habla este magnífico libro del científico y pensador anarquista ruso.  El apoyo mutuo, la solidaridad, el esfuerzo colectivo por mantener relaciones amables, pacíficas  y empáticas en la barriada es algo que podemos advertir a lo largo de la historia de nuestra barriada, ocurre igual con todas las barriadas de las clases populares. Pero en la nuestra podemos reconocer hechos concretos que se suceden desde siempre: yéndonos muy lejos más de cuarenta, cincuenta….y más años cuando la barriada tenía que combatir contra la penuria desde la extracción del pescado de nuestras aguas, las barcas de jábega que eran como empresas, que sin ningún tipo de contrato daba de trabajar a muchas familias ya se encargaban de preocuparse por organizar el reparto del pescado capturado, teniendo en cuenta a  quien por problemas de salud u otro acontecimiento no había podido salir  con la barca. Todos guardaban su parte de pescado o el jornal para llevárselo a su familia. Claro que también existían patrones de barca que como explotadores empresarios insolidarios y egoístas no lo permitían y se quedaba con ese excedente. Esta acción era la más habitual, aquí se hacía práctica la teoría del Apoyo mutuo.

Muchos trabajos necesarios para mantener las casas de pie frente a los temporales, y funcionales en los servicios de saneamiento y obras de mantenimiento, requerían de mano de obra que la mayoría no podía pagar: vaciar los pozos ciegos, construir muros de resistencia al  oleaje delante de la casa, arreglos de paredes o tejados, etc. Todo esto sólo era posible a través del apoyo mutuo y del acuerdo entre hombres y mujeres, “hoy por ti, mañana por mí”.

Esa misma precariedad económica propia de la barriada de pescadores que era, hacía que el comercio surgiera con el mismo ADN que el  de su clientela. Si las familias tenían una economía variable y fluctuante según le fuera el trabajo, como así eran los estados de la mar, así debían ser las posibilidades de compra: las tiendas abrían cuentas a determinadas familias que se acogían a estas fórmulas. Recuerdo a mi madre tener cuenta abierta en la tienda  de la  Nani, ni contratos, ni intereses, ni ninguna de las argucias que los bancos y grandes centros comerciales actuales usan. Sólo la confianza y el conocimiento mutuo, de la realidad vivida. También tenía cuenta abierta en una tienda que había en las cuatro esquinas: Candidito se llamaba. Hoy un destartalado solar, en espera de una nueva construcción que meterá un buen número de coches en nuestras calles y hará más masificada la población y más deficitaria la dotación de servicios. Allí, en Candidito, mi madre  retiraba ropa, y todo tipo de productos, hasta juguetes, y luego a lo largo del año lo iba pagando según podía, organizando la economía de la casa en función de las circunstancias. A ver si hoy podemos ver eso, sobre todo con los más necesitados. Solo basta echar una mirada a la cantidad de desahucios de gente humilde, que termina siendo estafada  y expulsada de sus casas por faltar en alguno de sus pagos; inhumanamente, mecánica e inamoviblemente fijados, sin piedad ni oportunidad para el arreglo.

O la muestra de unidad y colaboración  que se produjo en los años ochenta, cuando toda la vecindad de Las Cuevas  y parte del resto de la barriada de El Palo, se organizó en asambleas a partir de una denuncia, que la urbanización Miraflores pone a una vecino, por derribar el muro que evitaba que los vecinos pasaran por la urbanización, marginándolos por su clase social. Entre todos  y todas se consiguió el dinero de la multa. El apoyo mutuo logró también que ese muro dejara de existir.

Esta organización colectiva que surge de la necesidad y del apoyo mutuo, tiene como consecuencias la creación de perfiles de personas desprendidas, solidarias, generosas que a veces pueden llegar a la heroicidad como era el caso de Matías Rodríguez, “El fino”, patrón de la barca de jabega “La Jopo” que  no sólo luchaba por la defensa de los pescadores humildes, también fue condecorado en el servicio militar por salvar vidas en la mar, igual que hizo aquí en nuestras playas en más de una ocasión. Es por ello que tenemos una plaza con su nombre. Pero estas actitudes y este apoyo mutuo que data de muchísimos   años está todavía presente en las señas de identidad de la barriada. Una gran parte de la población sigue practicando el apoyo mutuo y el desprendimiento personal llegando a la heroicidad. El 9 de julio se cumplirán 40 años de un desgraciado acontecimiento que está muy relacionado con todo lo que estoy diciendo.

Ese 9 de julio era un día normal de playa, los bañistas disfrutaban de la mar, a pesar de que ese día la mar se había levantado de mal humor y mostraba su cara de temporal de vendaval con resaca. Yo entonces tenía recién acabada mi carrera de magisterio y para aprovechar el verano trabajaba en el Tintero. Acabada la jornada de mañana me fui a mi casa a ducharme y prepárame para la jornada de noche. Cuando volví,   la playa del “Deo” ofrecía una imagen dantesca. Las caras de la gente mostraban la tragedia que había sucedido durante esas horas, en las que por suerte para mí, no llegué a estar, muchas veces pienso que de haber estado yo allí, tal vez hoy no pudiera narrar esto.

Durante unas horas el mar había atrapado en un torbellino de atracciones mortales a un grupo de personas que no lograban salir del agua. Todos los empleados del Tintero se echaron a la mar a ayudar a la gente que se ahogaba, y junto con ellos, Juan José Andreu Paniagua, vecino paleño de tan solo 28 años, emulando a Matías Rodríguez, posiblemente, incluso sin conocer de su existencia.  O igual que  Elena León, la patrona de la Barca  La Minina  que se echó a salvar a los náufragos del Gneisenau  en 1900 y al igual que Pani perdió la vida.  Pani como le llamaban sus amigos en el barrio, tras salvar a una niña, se echó de nuevo al agua para salvar al padre de la criatura,    y allí quedó con él perdiendo la vida ambos.

Tras la tragedia todos hablaban de la necesidad de la creación de puestos de salvavidas en las playas, de mayor información del estado de la mar para los bañistas, de… siempre tras las tragedias llegan los esfuerzos preventivos, pero ya inútiles para muchos. Los camareros del Tintero eran narradores de primera mano y reflejaron en las páginas del Copo (revista de la Asociación de Vecinos de El Palo) su terrible experiencia. La prensa de la ciudad también se personó. Hoy sólo queda un azulejo dedicado a Pani   en una pequeña plaza frente al lugar donde perdió la vida.

Pero  esta generosa actitud individual es propia de las enseñanzas vividas desde el apoyo mutuo, ese del  que hablaba Kropotkin y del que tanto sabe la gente del Palo. También esta forma de vida solidaria y empática se merece tener una plaza en nuestro barrio, y en todos los barrios de pescadores del litoral malagueño, en todas las zonas populares que se niegan a perder el modelo de relación colaborativa y de apoyo mutuo.

Fotografías de los fondos de la AVV de El Palo

Miguel López Castro Julio del 2021

Castro Julio del 2021