EL MORENO

07/06/2020

  El Moreno,  nos relató que: su familia procedía de la vega de Granada,  y que debido a la pérdida  de las cosechas, sobre todo de la remolacha por la falta de lluvia, se produjo una hambruna muy grande, que hizo marchar del campo y de la mar a  muchos de sus vecinos buscando mejores lugares, donde al menos pudieran comer.

Creo que en estos momentos,  para honrar su memoria, deben ser  las palabras del propio Moreno, tomadas de la reunión que mantuvimos con él Antonio Rodriguez “Falele” y a quien este escrito suscribe,   las que nos relaten algo de su vivir, dejando un somero recuerdo de quien fue.

 Entre los que decidieron abandonar lo poco que poseían en busca de mejores aguas donde echar sus redes, estaba su abuelo, que llegaron hasta El Palo con su sardinal de vela, en el que se trajo a sus siete hijas, y a los primos y demás familiares en sucesivos viajes, desde Torrenueva.

Construyeron chozas o chabolas  con materiales humildes,  los que se tenían más a mano y no costaban dinero sobre cuatro palos cubiertos de ramas de palmeras y cartones y, si era posible, con algún que otro hule interior para protegerse de la humedad. Vivo en la misma casa donde nací, que era de madera, y luego la hicimos de obra.

Como entonces no había otra diversión siempre estaba en el rebalaje de chavea, y estaba más negro que una morcilla me pusieron  de mote “El Moreno. 

Me enseñó a pescar mi padre, y estuve tres años en la escuela del padre Ciganda, dejándola  a los 14 años,  porque hasta esa edad no se daba la cartilla de navegación, y cuando la tuve, me embarqué con mi padre como el motorista del barco sardinal  con cinco o seis marineros. A sin que mis estudios fueron los de la pesca.

Algunos señores con los que hablo me dicen Juan, y yo les contesto: ¿Juan? llevo más o menos ochenta años llamándome Moreno, ¿ahora me vas a cambiar el nombre? Yo no celebro San Juan, me llamo Moreno”.

Su vida fue intensa, como corresponde a un hombre que pasó más tiempo en la mar que en tierra, con  alegrías, desesperanzas y recuerdos inolvidables.

El Moreno,  se convertiría en un autentico lobo de mar, y durante varios años se embarcó repetidas veces en pesqueros grandes, de altura, pescando en Canarias, en Senegal, y en otros lugares lejanos usando el trasmallo y el palangre. Hasta que compró un arte a buen precio y me vine pa Málaga con ella,  aquí podría valer tres mil duros un paño, y allí me costó tres mil y pico de pesetas. Una vez aquí junté dinero, me compré un barco y ya no paré de pescar, por entonces, en la playa de El Palo, salían a pescar 8 barcas y 32 sardinales.

 A veces el mar parecía un campo de regatas entre sardinales y barcas de jábegas.  Hasta que llegamos a los años ochenta, en que se fueron todos de bandá a la construcción y me quedé en cuarentena.

Entonces tuve que seguir con el trasmallo pa dar de comer a mis hijos, y a veces salía a la mar incluso solo.

 Cuando hablaba de su sardinal, Juan se emocionaba, se humedecían sus ojos, y alguna que otra palabra temblaba en sus labios antes de convertirse en voz. Su barca significó mucho para quitar hambre en su casa y en la de los hombres que le acompañaban. Su esposa, antes de morir, le pidió que nunca la vendiese, y él, aún con compradores para el sardinal, nunca accedió a venderlo.

Hasta poco antes de su muerte, lo primero que hacía  tras desayunar, era ir a verlo para darle los buenos días, y tapar con lonas y plásticos las desnudeces que el viento le habían dejado al descubierto durante la noche; trataba de evitar que el mal del tiempo terminara por destrozar aquellos que fueran elegantes maderos. Y cuando el sol lentamente dejaba paso a su nocturna compañera, la Luna, igualmente se le podía ver  ir o venir de dar las buenas noches a su sardinal, El San Francisco,  de enfermas cuadernas y desgastadas maderas por sus años en la mar y del tiempo que lleva solo escuchando el rumor del ir y venir de las olas.

A partir de ahora, que ya no tendrá los cuidados de su mandaor, y  seguramente, no podrá aguantar mucho más, sus viejas maderas terminaran desencuadernándose sobre las arenas de un rebalaje al que tanta pesca trajo, para seguir el destino de quien tanto lo quiso y mimó mientras vivió.

Cuando esto ocurra, se podrá decir que ha desaparecido del litoral paleño el último sardinal, cuyo propietario, El Moreno, se marchó del mundo orgulloso de que  nadie en El Palo  haya estado en la mar más tiempo que yo.  

Ya eres por derecho propio historia de la pesca en este barrio, que difícilmente te olvidará. Juan Haro López, El Moreno, descansa en Paz