EL NIÑO Y EL MAL

06/02/2019

Que el mal social existe parece una evidencia incontrovertible. Sus caras son múltiples y se presentan habitualmente como circunstancias aplastantes que tienden a destruir a las personas nacidas libres, dignas y, por lo tanto, merecedoras de respeto.

A mi parecer, una de estas caras es el prejuicio que, cuando se ejerce sobre las inclinaciones afectivas y estéticas de un niño (o de una niña), adquiere la forma de terrible crueldad y, en tal caso, es nuestra obligación moral amparar y garantizar los derechos a la autonomía e independencia de nuestros hijos e hijas. Pero ya no como célula social, familia, sino como cuerpo colectivo que valora y defende ese monumental progreso ético por el que se distingue Occidente de otras civilizaciones menos tolerantes y respetuosas con los Derechos Humanos.

Que un niño guste de vestir el atuendo que, hasta el momento, se adscribe en exclusiva a las bailarinas de ballet, no debería ser motivo de escarnio, mofa y befa hacia una criatura que no entiende (por su edad e inocencia) de esos prejuicios alienantes vigentes, de esos nefastos juicios discriminatorios. Antes bien, deberíamos saludar en él su despertar, a través de aspectos externos (el atuendo propio de las chicas de ballet) de un sentimiento artístico interior que quiere desarrollarse sin trabas, sin impedimentos, que quiere mostrarse y realizarse siguiendo, tal vez, esa voz interior que Ortega y Gasset denominaba vocación.

Si un niño (o niña) se siente atraído por estéticas vinculadas tradicionalmente al otro sexo, no veamos en él a un degenerado, desviado… Veamos más bien a un incipiente artista a quien hay que ayudar a crecer en su arte. No «matemos» a los niños, no les impongamos nuestros gustos, nuestros sentires; eso podría destruirlos convirtiéndolos en frustrados infelices y desgraciados. Respetemos los sentimientos estéticos de los niños, esos potenciales artistas.