EL PEÑÓN DEL CUERVO HACE 40 AÑOS

08/04/2021

Nuestro barrio ha cambiado mucho en estos últimos 40 años, no sólo en la zona humanizada, es decir urbanizada. También en la parte del barrio más salvaje, el mar y sus orillas que no se someten con tanta facilidad a los esfuerzos que las personas hacen por domesticar, también, lo más salvaje y natural aunque sea un ecosistema. Hay dos momentos históricos distintos en esta relación entre las personas y la naturaleza en nuestras playas , el antes de la construcción del paseo y los espigones y el después de esto. Del antes he escogido esta foto del Peñón. Si miramos la foto del Peñón del Cuervo en 1977 vemos que había que llegar nadando. Recuerdo que yo iba con mi padre a coger mejillones y a pescar con caña. Un paraíso rico en biodiversidad. La mayoría de los crustáceos, peces y algas que poblaban nuestras playas hoy se han extinguido.

Algo queda frente a los baños del Carmen, incluso queda Posidonia. Antes de la construcción de los espigones, los niños y niñas de la playa teníamos en ella una universidad natural para nuestros juegos. Pescábamos con caña en “los tubos” como el de Casa Pedro, que congregaba siempre a un buen grupo de personas que se relacionaban, charlaban y se divertían gracias a esta actividad que hoy ya no se da de la misma forma. A lo largo de la playa había varios de estos tubos que en realidad eran desagües o vertederos de aguas fecales de las casas que tenían saneamiento en la parte alta del barrio.

Antes los temporales eran tan fuertes que las olas golpeaban con tanta furia las fachadas de las casas de los pescadores que de vez en cuando alguna casa llegaba a caer. Pero cuando cesaba el temporal nos quedaba una playa limpia, extensa, con la arena apelmazada y húmeda, que nos permitía andar por ella con la sensación de andar por dentro del mar. Al olor fresco a marismo, le acompañaba recostadas en la arena, algunas piedras dispersas escrupulosamente redondeadas y brillantes, que como joyas, el mar nos había regalado para adornar la playa. Los niños y niñas imitábamos a los viejos que desde temprano, esos días de calma tras la tormenta, salían a pasear por la arena con una calma serena, despacio y con las manos cruzadas atrás de la cintura; inclinados hacia delante, miraban fijamente el suelo para buscar algún tesoro dejado por las olas. A veces se encontraba un anillo, una pulsera, o monedas de algún naufragio. En ocasiones eran monedas romanas u árabes. Aquellos paseos eran apasionantes y cargados de una emoción contenida.

La playa era una mina de juegos para la vecindad: Algún gran pez que amanecía varado en la orilla, la peligrosa visita de un marrajo aturdido, o las actividades de disfrute y de relación colectiva que suponían una ocupación del espacio público, como espacio propio de la colectividad; como las moragas populares y familiares, los concursos de júas, cosido de redes en las playas que en feria se convertían en concurso de sotarrajes.

Esta situación de la playa también tenía sus inconvenientes, a la indefensión de las casas ante los temporales, se sumaba el abandono de las autoridades de esta zona de la ciudad, y muy pocas casas contaban con un buen saneamiento, ni había alumbrado público ni acerado en las calles, ni todas las casas tenían agua. Con la llegada de los espigones conseguimos estos servicios, pero perdimos la riqueza biológica de las playas y el uso libre de los espacios.

Los vecinos y vecinas, igual que nos juntábamos para divertirnos y ser felices, también nos uníamos para pelear por las mejoras en el barrio, Así, a golpe de asamblea y de manifestación acabamos con todos los problemas de infraestructura y servicios, pero no logramos ver qué perdíamos con la fórmula de los espigones. Las playas se convirtieron en calas fangosas, que son más desiertos muertos cubiertos de agua, que mar vivo y dinámico.

Hoy hay modelos de intervención más respetuosos con el medio ambiente y con las relaciones entre las personas y los espacios públicos como las playas. Pero aun así, de vez en cuando llega algún temporal de levante y nos deja señales de lo que fue y a lo que todavía podemos aspirar recuperar. En estos días he podido ver que con el agua en bajamar después de un levante persistente, ha quedado al descubierto un pequeño roquedal, en la cala más cercana a la desembocadura del jaboneros. Allí en ese pequeño roquedal cubierto de musgo, un grupo de correlimos picoteaban y extraían su alimento de entre las pequeñas rocas. Esta imagen me da esperanzas y fuerzas para reivindicar que los arreglos que vengan para este paseo marítimo y sus playas tan abandonadas, contemplen que podemos volver a recuperar la vida natural y la vida social en nuestras playas, esto no tiene que ser solo un espacio para el comercio- negocio , puede volver a ser un barrio.