El rey de las alturas

15/04/2007

EL calentamiento global o por lo menos la subida continuada de las temperaturas en la Sierra de las Nieves no es cosa de hace tres días. Sólo hay que ser un poco curioso y preguntarse por qué se llama Sierra de las Nieves. Antaño, estas montañas estaban nevadas desde el otoño hasta la primavera, digamos que casi la mitad del año. De ahí, la explotación que se hacía de la nieve en los neveros, que eran pozos en los que la guardaban en primavera, y más tarde la sacaban en verano y la vendían a los grandes municipios cercanos: Ronda, Sevilla, Málaga y, a veces, incluso en Vélez, adonde la mercancía llegaba de madrugada cargada en unos mulos.

Esta ancestral »fábrica» o despensa de nieve da idea del frío intenso del que disfrutaron los pinsapos hasta los principios del siglo XX, en los que aún seguía activo este negocio. Hoy este aprovechamiento sería impensable. Apenas si nieva una o dos semanas al año, esto cuando hay suerte. El pinsapo, que está a sus anchas durante las heladas, ha acusado enormemente el cambio meteorológico y para poder adaptarse al nuevo clima está replegándose y ascendiendo hasta los 1.200 metros cuando antes crecía alegremente a partir de los 900. En las alturas, al menos, el frío es más acusado, uno de los elementos básicos que necesita para vivir este emblemático abeto.

Plan de recuperación

La Consejería de Medio Ambiente está siguiendo este fenómeno a través del »Plan de recuperación del pinsapo», que se inició en el año 2004. Para observar cuáles han sido los cambios en la vegetación por la ausencia de frío, nieve y la disminución de las precipitaciones, el director del parque, Rafael Haro, y el ingeniero de Montes Pepe Quintanilla, guían al visitante por la cañada de Alhucemar, que sube desde el mirador del Caucón o del botánico Luis Ceballos, en Yunquera, hasta el Tajo de la Caína.

El día se levanta limpio. Sólo unas pequeñas gotas y algunas nubes empañan el camino, pero la comitiva va tranquila. El celador forestal David Vera, hijo del que fuera el guarda mayor estas tierras, Isidoro, lo tiene claro: «Sólo van a caer tres gotas, lo dicen las nubes», afirma con mucha seguridad, con la confianza con la que se mueve por estas montañas que conoce como la palma de su mano y que empezó a patear de la mano de su padre cuando aún era un niño .

La llegada hasta el mirador se salpica de cerezos en flor, aulagas, jara, romero, lentisco, olivos, pinos carrascos, piñoneros y resineros. En el camino, aparece una parcela de experimentación, que han bautizado cariñosamente como »la parcela de Pepe», a 1.080 metros de altitud. Aquí antes sólo se veían pinsapos, y actualmente este abeto está dando paso al crecimiento bajo su copa de quejigos (»Quercus faginea») y encinas. «Con las previsiones del cambio climático, se espera que el pinsapo pierda relevancia por debajo de los 1.200 metros de altitud en unos 50 años, y otras especies que se van a adaptar a este cambio, como el quejigo y la encina, colonizarán esta zona. Este ejemplar está menos adaptado al aumento de las temperaturas por lo que subirá en altitud y otras especies ocuparán su lugar en las cotas más bajas», según puntualiza Pepe. «Mira, observa los huecos que ha dejado el pinsapo», dice Pepe señalando la pequeña ladera. En el suelo se ven los esqueletos de los pinsapos muertos, y al lado la regeneración natural de nuevos pinsapitos, así como grandes quejigos, pequeñas encinas y algunos pinos carrascos. Este enigmático abeto seguirá siendo el rey de las alturas, pero tendrá que compartir su trono en las cotas más bajas con los quejigos y encinas.

Por qué mueren

Pero, ¿por qué han muerto los pinsapos?, se pregunta el visitante. Para contestar esta pregunta hay que volver a la idea del calentamiento global. Ahora, la nieve es un bien preciado en la Sierra de las Nieves, que también acusa la falta de lluvias. Y el pinsapo necesita altura, umbría y mucha humedad para crecer. Por eso, en los últimos años que ha padecido la sequía, muchos de estos ejemplares se han debilitado. Y ya se sabe el dicho de »a perro flaco, todo son pulgas». Y las »pulgas» del pinsapo son un temido hongo (»Heterobasidium annosum»), que convive con él y sólo le ataca cuando está débil. Entonces, mina sus raíces y acaba tumbándolo.

Le ataca una plaga producida por un escarabajo (»Cryphalus numidicus»), que es un perforador que realiza galerías en las ramas del pinsapo hasta que llega al tronco y puede acabar matándolo; y por último un pulgón que chupa la savia del árbol (»Mindarus abietinus»). Así, cuando el árbol es atacado y muere y deja huecos que aprovechan otras especies.

En el camino canta insistentemente un pájaro. «Es el chochín», puntualiza Rafa. Más adelante, se para delante de un pequeño boquete. «Mira, este boquetito lo hacen los topillos, que se parecen al ratón pero con la cola más cortita», dice mientras señala al lado un gamón, «una planta de la que se comen las batatillas».

Siguiente parada: una estación meteorológica. Esta instalación es una de las siete que ha ubicado la Junta para conocer in situ cómo cambia el clima en la Sierra de las Nieves y en los Reales de sierra Bermeja, donde también crece este abeto. David enchufa su ordenador portátil y descarga los datos de la temperatura, la radiación solar, la lluvia, el viento y lo que los ingenieros llaman la precipitación oculta, que es la humedad del ambiente que se mide con un higrómetro. Dentro de una década, estos datos serán básicos para ver si de verdad el calentamiento global es un hecho probado en la Sierra de las Nieves.

Helechos, líquenes y musgo se aprecian en las zonas de umbría mirando al norte, donde la humedad es máxima. «El pinsapo es una especie con unas necesidades muy concretas: humedad, frío y orientación norte. Estas circunstancias hacen que la zona de expansión sea limitada. No obstante, el pinsapar no está en regresión. Al menos se mantiene y hay regeneración natural», subraya Rafa mientras muestra los centenares de pinsapitos que crecen en las alturas.

Como dice el catedrático de Biología Vegetal y presidente de la junta rectora del parque, Baltasar Cabezudo, el pinsapo tuvo su momento bueno en épocas pasadas y se ha quedado acantonado porque las condiciones ambientales han ido cambiando, por lo que, ahora está en permanente peligro. De ahí que su situación de vulnerabilidad no cambie y su estatus siga siendo el de peligro de extinción.

A los lados de la senda se aprecian unos muretes hechos con lajas de piedra, que antaño eran bancales para viñedos. «El diccionario Madoz cuenta que en Yunquera había 35 destilerías», indica Pepe en los últimos tramos de subida. El camino continúa en ascenso. Por encima de los 1.200 metros el bosque de pinsapos es homogéneo. Las cumbres son su hábitat perfecto.

Cabras monteses

La llegada al Tajo de la Caína es una recompensa tras un ascenso de cuatro kilómetros. Su inmensidad produce dos efectos, uno de pequeñez ante la naturaleza y otro, que es el que seguramente experimentan los alpinistas: el de poder cuando se llega a las cumbres. Una rapaz cae con fuerza sobre los cortados. «Es una primilla (cernícalo)», asevera David sin ninguna duda. Chilla con fuerza. «Está diciendo que hay gente, peligro», indica Rafa. Y debajo, un halcón peregrino «haciendo el tonto con su hembra, para que lo vea», añade el biólogo entre las risas de la comitiva.

En el camino de vuelta, una atractiva sorpresa. Un grupo de monteses anda a sus anchas. David, para llamarlas, entona el silbido que hacen. Un »cántico» que deja asombrado al visitante. «No nos huelen porque el viento sopla en dirección contraria», indica mientras el fotógrafo intenta captar la difícil instantánea, ya que no paran de dar saltos y de moverse.

Hasta las cabras monteses sufren el cambio climático. «Hace veinte años, las monteses tenían cuernas de 80 centímetros y ahora el máximo está en 60», dice David mientras señala a un macho. «Ahora, con el frío se »rebajan», vienen a los bajeros, y en verano suben hacia las cimas», reseña.

La ruta se hace relajada entre una vegetación tupida. De hecho, los datos de regeneración natural en este enclave indican que todos los años cuajan 40.000 pequeños arbolitos por hectárea, pero muchos mueren al no superar el estío. En la senda, los pinsapos dejan huecos para que crezca una »nobleza» pujante de quejigos y encinas. El futuro de las laderas bajas. Pero, el emblemático abeto se reservará para sí las cimas. Su reino.

DIARIO SUR.