La gota de luz de Ortega necesita un repasito

27/12/2019

El paso del tiempo no sólo se evidencia en los seres humanos, incluidos aquellos que se echan en brazos de la -todavía en pañales- disciplina de la cirugía estética. Si hasta el Everest se erosiona, ya me dirán qué posibilidades de eternizarse tiene un monumento público, aunque se trate de uno a prueba de aristas formado, en su día, por una reluciente superficie metálica.

Nos referimos al monumento dedicado a la estancia de José Ortega y Gasset en Málaga, cuando estuvo interno, de 1891 a 1897, en el Colegio de los Jesuitas, en El Palo, donde cursó el Bachillerato; unos años en los también estuvo acompañado por su hermano Eduardo y más tarde, también por su hermano Manuel.

La explicación de la llegada de los Ortega y Gasset a Málaga estriba en que la familia se encontraba viviendo en Córdoba, para que la madre, Dolores Gasset, mejorara su salud, muy mermada por haber tenido unos partos muy seguidos. Además de la cercanía, los hermanos tenían muy cerca a la abuela materna, Dolores Chinchilla que vivía en Marbella, mientras que en Málaga vivía José Ortega Zapata, el abuelo paterno.

Como recuerda uno de los más recientes biógrafos del pensador, Jordi Gracia, fue en sus años en Málaga cuando los hermanos añadieron la ‘y’ para enlazar sus dos apellidos, y evitar así la «malsonancia» de las sílabas encabalgadas (Ortegagasset).

Y aunque no llegó a ser ‘príncipe’ del Colegio San Estanislao, la más alta dignidad estudiantil, fue un alumno brillante, aunque algo pasota en su última etapa, recordaba el padre José María Calvo en unos apuntes sobre su estancia en el centro.

El caso es que, por lo que el mismo pensador contaba, no se llevó un buen recuerdo del sistema educativo de entonces, aunque sí de su estancia de bachiller en Málaga.

Del famoso prólogo a A.M.D.G. , la novela sobre la vida en un colegio de jesuitas de Ramón Pérez de Ayala, surge su evocación de esos años. Ortega concluyó que en nuestra ciudad «Yo he sido emperador dentro de una gota de luz».

Con mucho acierto, la Escuela de Arte de San Telmo puso en marcha un concurso para plasmar en forma de escultura esta frase en las playas del Palo. Recogió el guante y ganó el artista Gonzalo Abril Martí, que diseñó una media circunferencia de metal, en la que se reflejaba la frase del joven José, gracias a que está escrita al revés alrededor de ‘la gota’ y se refleja en ella.

Cinco años después de la inauguración, la circunferencia ha perdido su cualidad de bruñido espejo curvo y resulta difícil leer nada. Además de suciedad en forma de goterones, en la parte superior se aprecia el impacto de algún objeto punzante, probablemente realizado por algún bípedo que no estaba en sus cabales. Inaugurada en el otoño de 2014, la gota ya necesita un repasito.