LA TEORIA SOBRE EL NOMBRE DE EL PALO DE MATIAS RODRIGUEZ MELLADO

24/11/2017

Nació el 11 de febrero de 1884 en el seno de una familia de jabegotes, aprendiendo de su abuelo y de su padre todo lo relacionado con la pesca y el mar. Algo de escuela y mucha mar fue lo que tuvo de pequeño. Fue persona de inteligencia natural y clara, mesurado, humano y serio, que buscó continuamente en los libros las continuas enseñanzas que de pequeño no tuvo en el colegio, llegando en 1929 a ser nombrado Delegado de la Mutualidad de pescadores, cargo que le ligaba a la Comandancia de Marina de Málaga y le obligaba a viajar y visitar altos cargos del Ministerio.
Una persona como Matías por aquellos años no podía pasar desapercibida, su cultura y filosofía de vida eran bien conocidas, por eso, un reportero de la revista Vida Gráfica, cuyo nombre desafortunadamente no conservo, pero que firmaba con el seudónimo de “El Duende de los ojos verdes”, y su fotógrafo, Pepe Torres, vinieron a visitarlo a principio de la década de los años 30 del pasado siglo, posiblemente en 1931, con la intención de dar a conocer al público como se realizaba la pesca en El Palo, barriada pesquera por excelencia en aquellos años.
Y para ello, tomaron el tranvía que partiendo de la Acera de la Marina le llevarían hasta el Palo tras más o menos media hora de traqueteos, bamboleos y lento rodar, ya que la velocidad máxima que conseguía el mayor medio de transporte por entonces, y en lugares fuera de la ciudad era de 20 Km. por hora, en ciudad solo estaba permitido circular de cinco a diez. Eso sí, gracias a ese pausado caminar los viajeros podían gozar de unas vistas inigualables, a un lado el mar, al otro, verdes y productivas huertas.
Una vez apagado el chirriar de las ruedas metálicas contra las vías en la última parada de El Palo, nuestro periodista y el fotógrafo, nada más bajar del tranvía preguntaron a la primera persona con quienes se cruzaron, “un hombre menudo, ágil, y ya viejo” al decir del reportero, a quien directamente le preguntó: “Matías Rodríguez, ese patrón tan conocido por aquí, ¿Dónde podría verse?”
“Pronto lo encontraremos”, fue la contestación. “Con solo llegar a la playa y preguntar a cualquiera donde se halla “La Jopo”, enseguida nos lo dirán. Venid conmigo.”
Continúa narrando el corresponsal lo siguiente: “Al desembocar en la faja amplísima y arenosa de la playa, que se recorta suavemente, nuestro acompañante preguntó así a uno que nos miraba con cara de extrañeza: ¿Y la Jopo, donde cae?
“En la punta aquella”, responde y extiende su mano hacia la izquierda.
“Gracias, buenas tardes”
“Vayan con Dios.”
La narrativa periodística sigue de la siguiente manera: “Y seguimos nuestra ruta. Una hilera de casitas blancas y bajas, albergues de la buena y humilde gente pescadora pretende asomarse al cristal de las aguas, ribeteadas de un levísimo festón de espumas.
Barcas, artes y aperos del trajín cotidiano duermen olvidados en la seca arena, en la que juegan chavales y más chavales como alarde de una futura generación de hombres de mar más robusta y fuerte que la presente.
Acá, allá y acullá jabegotes que arrancan al mar su presa o que recogen en silenciosa comitiva las redes que el sol secó. Queda atrás la barriada, y por fin, “la Jopo”. Y allí presenciando, dirigiendo la tirada de un copo próximo, un hombre alto, robusto, besado millones de veces por el sol y el yodo.”
“Ese es Matías Rodríguez”, apunta nuestro amigo.
“Ya era hora, porque hemos andado mucho”, asegura Pepe Torres, tan buen fotógrafo como mal aspirante a una carrera pedestre.
Tras comenzar la charla, le hacen la pregunta que desde casi sus orígenes tantas personas hemos deseado saber: porqué El Palo tiene este nombre.
Matías, escribe el periodista, que de todas sus buenas cualidades resalta la cultura y conocimiento marítimo, responde: “Hace muchas centurias, el Palo era un despoblado. Comenzaron a venir barcos de Cataluña, Valencia, Adra, Almería que hacían aquí las cuatro estaciones.
Los periodistas, perplejos, se quedan pendiente de más explicaciones, porque desconocen que eran las cuatro estaciones.
Matías continua su explicación: “No crean que son tan conocidas, la gente de mar conoce cuatro estaciones, de tres meses cada una, llamadas verano, cuenta de los santos, cuenta de Navidad y “el Carná”. Hacían dos o tres cuentas y se marchaban, pero queriendo aprovechar más, se establecieron a la misma orilla.
Ante la callada sorpresa de los periodistas, Matías alarga su relato: “Por ese tiempo se pierde un barco bergantín goleta. A los tantos días el palo mayor vino a aparecer en el mismo Miraflores, en medio de este arroyo, inmediatamente, los pescadores propios y extraños, consideran el palo como el confín de la costa, recibiendo nombre todo el lugar que antes no lo tenía. Y el palo se llama así desde entonces.”
“¿Es veraz cuanto nos dice?”, pregunta el periodista.
A lo que el excelente patrón de pesca le contesta: “Completamente cierto, mi abuelo, marino de nacimiento que murió a los 99 años, se deleitaba contándome estas cosas siendo yo un mozalbete de playa. De aquellos pescadores que se establecieron por acá todavía quedan descendientes, una familia a quienes los paleños llaman los catalanes.”
La conversación continuó un poco más, con la charla abierta e interesantes de temas paleños, desarrollados por aquel hombre que pasó a la historia del barrio por su buen hacer, y cuya memoria se conserva en un busto en la plaza que lleva su nombre, colocado en 1986 a propuesta de la Asociación de Vecinos, con quien colaboró la peña “El Palustre”, de gran arraigo en la barriada.
Hoy conocemos que esta teoría sobre el nombre de El Palo, digna del mayor de los respetos y de tan romántico contenido, es solo uno de los muchos “decires” que tiene el pueblo, que en ocasiones llegan ser más atractivos que la misma realidad.

PS. Las conversaciones mantenidas en este escrito han sido tomadas fidedignamente del reportaje que en su día publicó la ya reseñada revista “Vida Gráfica”, que en su artículo, debo suponer que por error, cambió el nombre de Matías por el de Martín.

José Antonio Barberá