Me quedo en casa para morderme la lengua

16/03/2020

Un columnista, de acuerdo con su saber y su conciencia, no da noticias, sino opiniones. Conviene recordarlo, porque vivimos una época en la que los lazos de la información y la comunicación están provocando todo tipo de confusiones. Del mismo modo que la literatura cuenta la Historia por dentro, recuerda los hechos colectivos desde un insomnio o una historia de amor particular, los columnistas asumen en los medios de comunicación la tarea de contar lo que se siente en el pulso de la vida, por encima o por debajo de las cifras y los datos, lo que se funda en el estado de ánimo de cada cual. Es una tarea modesta, pero su valor simbólico me parece alto: la libertad es una responsabilidad individual dentro de cada situación histórica.

El columnista sale de casa con sus ideas para saludar a la gente, comprar el pan y pasear por las plazas públicas.

Por eso los columnistas tienen a veces la necesidad de pensar sobre lo que no quieren escribir. Es verdad que las colaboraciones regulares implican la difícil misión de elegir asunto cada día o cada semana. Y este domingo, a ver, ¿sobre qué escribo? ¡Después de 7 años en infoLibre ya he escrito sobre casi todo! Pero otras veces uno se plantea el reto contrario, la decisión de no escribir sobre un asunto imperativo, bien porque tenga un peso grande en los acontecimientos, bien porque unos estrategas de la comunicación quieran ponerlo de moda como propaganda ideológica.

Yo me levanté esta mañana con la intención de no escribir sobre el coronavirus. Aunque tengo algunas ideas modestas sobre la situación, necesito quedarme en casa, no ponerme a filosofar en la plaza pública, no utilizar un estado de alarma y una enfermedad para lanzar mis explicaciones sobre el mundo, el carácter de la gente, las simpatías o antipatías políticas, lo que hay que hacer, lo que no hay que hacer, lo que se sabe o lo que no se sabe, lo que extiende el pánico o lo que facilita un chiste. Tentaciones, desde luego, no faltan.

Y no me refiero sólo a la discusión política. Por desgracia estamos acostumbrados a que se utilice cualquier cosa para desprestigiar al enemigo en un paisaje en el que la demagogia es el pan nuestro de cada ayer y cada mañana. Quien considera que no tiene responsabilidades, porque siempre son del otro, exige medidas tajantes y sin paliativos en situaciones complejas en las que hay que valorar la salud, el pánico, la realidad de los hospitales, las posibilidades de servicio, los efectos económicos, la supervivencia de empresas y comercios, la pérdida de puestos de trabajo, es decir, la vida de la gente, algo que tiene que ver con el día de hoy, pero también con el día de después.

Quedarse en casa y morderse la lengua en momentos de alarma no es sólo una voluntad de ayudar, sino un modo de mantener la vergüenza. Aunque los movimientos del cínico ya se ven venir y se presuponen, siempre están fuera de lugar. También son vergonzosas algunas explicaciones de personas que si en materia de honestidad no merecen ningún pero, producen en el huerto de las ideas abundantes cosechas de nísperos en cuanto se calientan.

En fin, que uno se queda impresionado cuando ve de qué modo piden ayudas económicas al Gobierno los mismos que se niegan por sistema a pagar unos impuestos más justos en sus sociedades. Los que no son partidarios de consolidar los servicios públicos, por ejemplo la sanidad, a través de una política fiscal de voluntad social, comprenden de golpe la importancia del Estado a la hora de ordenar y regular la economía. También impresiona ver al coronavirus como materia para explicar ideas definitivas sobre el comunismo, el capitalismo, el matrimonio, los jóvenes, el carácter de los madrileños, los andaluces o los catalanes, la libertad, la ley, la quiebra generacional, el bien o el mal (que se propaga con más facilidad que el bien en estos tiempos).

Sobre las mismas cosas y otras muchas tengo yo mis ideas. Pero prefiero quedarme en casa, morderme la lengua y dedicarme más a la autovigilancia, debilidad de poeta, que a difundir mis grandes sabidurías y mis profundas y viajeras indignaciones, una costumbre de púlpito y sermón.