Ni estilo, ni furia; España se duerme en Rusia

02/07/2018

La selección española ha sido siempre un equipo a corto plazo en Rusia. Lopetegui tenía fecha de caducidad desde que negoció su fichaje con el Madrid. A Hierro se le ha visto hasta ahora como una solución provisional después del arrebato de Rubiales. Y ya tenían dicho tanto Piqué como Iniesta que difícilmente seguirán con La Roja. La suplencia del manchego, titular ininterrumpido durante los últimos once años, fue un mensaje inequívoco de los nuevos tiempos de precariedad y ansiedad que corren en España. No había que jugar, sino ganar, sobre todo si se tenía en cuenta los futbolistas en nómina y el cuadro que había quedado en la Copa después de la eliminación de Alemania y Argentina.

El fin justificaba los medios y, por tanto, la selección vivía pendiente del marcador, circunstancia que abonó un carrusel de cambios tan continuo y sin sentido que nunca se supo muy bien quiénes sobraban y los que faltaban, a excepción del portero y del delantero centro, De Gea y Diego Costa, siempre titulares con Hierro. No se quiso reparar en que ambos estiraban mucho al equipo y que costaba demasiado llenar la cancha con independencia de que el rival fuera Portugal, Irán, Marruecos o Rusia. Aunque quiso ser Italia, no está acostumbrada la selección a dominar las áreas y sus repetidas concesiones defensivas le expusieron a caer en cada jornada hasta la derrota final en Moscú.

A Hierro, sensible a la corriente de opinión que abonaba la inmediatez tan asumida por el madridismo como por el cholismo y últimamente también por el barcelonismo, le salió un equipo híbrido, sin identidad e inanimado, más estéril y pegapases que nunca, abatido finalmente en la rueda de los penaltis a pesar de que las estadísticas aseguran que el equipo que tira primero cuenta con el 60% de posibilidades de ganar, incluso en un Mundial. De Gea tocó hasta tres de los lanzamientos y no pudo neutralizar ninguno para suerte de la resistente Rusia. Los tiros desde los 11 metros fueron el único momento de emoción del seguramente hasta ahora peor partido de la Copa.

Ningún futbolista supo sacar al equipo del aburrimiento, apenas hubo una jugada decente y el empeoramiento fue tan progresivo que España ha sido eliminada por un adversario menor y peor pese a su condición de local, ya vencido por Uruguay. No supo qué hacer con la pelota, nunca le dio velocidad, y el partido no tuvo el ritmo esperado con los cambios hechos por Hierro. Tenía que ser el día de Isco y el madridista no diferenció entre lo que es bonito y lo que resulta útil, de manera que su actuación redundó más en las cuestiones individuales –habitualmente sobresalientes en el caso del malagueño–, que en las colectivas, el punto débil de España.

Ni Asensio ni Silva ayudaron a Isco a coser a un equipo chato, falto de profundidad, desmarque y también de riesgo, como si estuviera asustado, incapaz de dañar al rival, empeñado en tocar al pie, temeroso de que se le acabara el Mundial. La actitud fue la opuesta a la protagonizada en Brasil 2014. A la selección le perdió entonces la ambición, cuando se negó a negociar un resultado contra Holanda y se entregó a un martirio que acabó en goleada: 5-1. Ante Rusia, España jugó a cámara lenta, siempre muy apagada, sin ninguna emoción ni calidad, sin furia y también sin estilo, ahora mismo en tierra de nadie: ya sin Xavi y también sin Iniesta, los dos orillados en su último partido con La Roja.

Las dudas, y también la indefinición futbolística, invitan a reflexionar después de la frustrante derrota en Moscú. Jugar a corto plazo por la condición de doble campeón de Europa y del mundo exige ganar partidos como el de Rusia aunque nunca se haya derrotado al anfitrión de un torneo, tampoco en la Eurocopa. El fracaso, sin embargo, estaba anunciado tarde o temprano en el Mundial. España necesita ser un equipo corto, compacto, tenso y que presione para facilitar la cohesión. Y hoy es un conjunto diseminado, sin liderazgo ni plan, lleno de reinos de taifas y que ha pasado inadvertido por la Copa del Mundo