Política con mascarilla

27/09/2020

Nuestros políticos hablan ahora siempre embozados detrás de una mascarilla. Pero siguen diciendo más o menos lo mismo. Ninguno de nuestros conflictos se ha visto suspendido, todos mantienen su fuerza. Los mismos aspavientos e imprecaciones, solo que ahora con mascarilla. No parecen haber tomado conciencia de que si la llevan es porque algo extraordinario ha interferido en nuestras vidas que debería hacerles cambiar de registro. Es como si la pandemia fuera un epifenómeno, una anécdota casi. Nuestro PIB cae a plomo, casi igual que nuestro prestigio como país, y Torra, Casado y tutti quanti siguen con lo suyo. Por no hablar de la moción de censura de Vox, que acabará teniendo tintes surrealistas.

¿Se acuerdan cuando en medio del confinamiento intelectuales de renombre nos hablaban de la gran cesura que iba a introducir esta epidemia en el devenir de nuestras sociedades? Más comunitarismo, menos individualismo, mayor reconocimiento a quienes se ocupan de las tareas esenciales, etcétera. Algunos se atrevieron incluso a desempolvar las palabras de Sarkozy con motivo de la anterior crisis: ¡la “reinvención del capitalismo”! Todo humo. Que se lo digan a los humildes habitantes de las zonas de Madrid donde tendrán efecto las nuevas medidas —los más menesterosos siempre acaban pagando la factura—, o al sobrecargado sector sanitario y educativo.

De todo este marasmo provocado por la pandemia solo salen con la cabeza alta quienes han optado por la buena gestión y estrategias políticas de cooperación, no por la ideología y el “discurso”. Entre estos últimos se encuentran, como es de imaginar, los Estados Unidos de Trump, donde la incertidumbre científica inicial sobre el virus hizo estallar las teorías de la conspiración. La política de los “hechos alternativos” siguió su marcha como si tal cosa, y así les va. Aquí también. Aquellos que gritaban “libertad” son, paradójicamente, los que acusan al Gobierno de asesinato masivo. Y quienes, en nombre de esa misma libertad, provocaron una desescalada irresponsable, como Ayuso, se encuentran ahora con que ya no pueden combatir la pandemia sin retractarse a fondo de sus postulados iniciales y pidiendo ayuda a quien antes veían como el gran responsable.

Lo peor de todo, sin embargo, es contemplar, por seguir con el ejemplo de Madrid, cómo la epidemia se ha puesto al servicio del tacticismo. Sánchez ha dejado que Ayuso fuera quemándose a fuego lento y esta solo ha elevado su petición de auxilio cuando amenazaba una rebelión. La famosa cogobernanza ha resultado ser una añagaza para difuminar la asunción de responsabilidades y sacar ventaja de los errores de la otra parte. Ignoran que lo que a la mayoría nos importa es la eficacia en este singular combate contra el virus, no quién se pone las medallas. Otro tanto nos lo encontramos en la negociación del Presupuesto, donde para algunos lo decisivo es a quién se excluye, no a quién se integra. O si, por mandato ideológico, se suben o bajan impuestos. Fiat ideología pereat mundus. O eres de los míos o no hay Presupuesto. Ignoran quizá que en momentos estamos todos en el mismo barco. Siguen sin verlo. En efecto, política con mascarilla, solo que no la llevan tapándoles la nariz y la boca, lo que les recubre son los ojos.