Quiero pedirte perdón

20/08/2020

Es tarde para casi todo, pero al menos quiero dejarlo escrito: siento una enorme vergüenza, impotencia y rabia, y sólo quiero pedirte perdón. A ti, Isabel F. M., fallecida en una residencia de Moratalaz (Madrid); a ti, Antonio P., en Antequera (Málaga); a ti, Agustina L. L., en Valdemoro (Madrid); a ti, Fernando G. F., muerto en otro geriátrico madrileño; a ti, José D. Q., en una residencia de Vigo… A vuestras familias, que nos han enviado a infoLibre el testimonio de su sufrimiento para ayudarnos en la investigación sobre el azote del covid en las residencias. Pido perdón a las decenas de miles de residentes que han fallecido directa o indirectamente a consecuencia de la pandemia, a sus familias y seres queridos, y también a los miles de trabajadores de geriátricos que hicieron lo que humanamente estaba a su alcance para que sufrieran lo menos posible en el tramo final, a menudo arriesgando su propia vida sin medios para protegerse del contagio, mal pagados y con contratos precarios.

Os pido perdón y creo que deberíamos hacerlo todas y todos. No por no haber visto venir el horror. Nadie en el mundo lo hizo, diga lo que diga toda esa tropa de capitanes a posteriori o adivinos del pasado que tanto abunda en España, se trate de lo que se trate. Vamos mucho más sobrados de listos que de sabiduría. Nos falta tanta humildad como prepotencia derrochamos. Incluso quienes manejaban la información más completa, desde la privilegiada posición de gobernantes asesorados por científicos, tenían la responsabilidad de manejar con prudencia el equilibrio entre la salud pública y la actividad económica. Las recetas más simples ante situaciones tan complejas como inéditas tienen la misma validez que las proclamas de quienes ven al Diablo en todos los rincones excepto en su propia alma.

Pido perdón porque, como periodista y como ciudadano, no supe ver lo que estábamos permitiendo desde mucho tiempo antes de que apareciera el coronavirus. Llevamos tres décadas hablando e informando sobre los mayores en su calidad de “pensionistas”, mucho más que en vuestra condición primera y eterna de personas. Para qué engañarnos: ni siquiera en ese asunto de las pensiones nos volcamos por solidaridad con vosotros, sino por puro egoísmo; por la preocupación (agitada además sin descanso por tierra, mar y aire) acerca de “nuestras” futuras pensiones, no las vuestras. Si así fuera, acudiríamos muchos más a vuestras manifestaciones en defensa de pensiones dignas.

Os pido perdón porque hemos consentido que lo que debería ser un sistema de cuidados de las personas mayores que los necesiten se haya convertido (en una proporción intolerable) en uno más de los negocios boyantes del capitalismo global. ¿De qué si no iban a estar los principales grupos empresariales que controlan el sector geriátrico y residencial en manos de empresas multinacionales, fondos de inversión opacos, cuyo rastro siempre se pierde en paraísos fiscales o algún que otro empresario experto en la obtención de adjudicaciones públicas y en imputaciones por corrupción? Lo que tendría que ser un mimbre fundamental del Estado del bienestar es una rama más del árbol del mercado globalizado cuyo tronco responde a la ecuación prioritaria de máximo beneficio a menor coste. Un suculento negocio facilitado además con dinero público. 

Debo pedir perdón porque, aunque ando mucho más cerca de ser “un mayor” que “un señor maduro”, no supe percibir mucho antes el edadismo que practicamos. Ser “mayor” no equivale a estar enfermo, débil o vulnerable. La inmensa mayoría de las personas denominadas mayores gozan de una excelente salud física y mental, o al menos de una autonomía total para disfrutar de esa etapa de la vida por fortuna cada vez más longeva. Y no sólo para disfrutar después de unas cuantas décadas de esfuerzo, sino también para seguir ayudando a quienes vamos detrás. Entre las miles de víctimas de esta pandemia estáis muchas y muchos que hace 10 años entregasteis todo lo que teníais para ayudar a hijos y nietos expulsados del mercado laboral o de sus casas hipotecadas o alquiladas. Es tremendamente injusto que un sistema que no ardió precisamente gracias al esfuerzo, al llamado colchón familiar aportado generosamente por los mayores, haya sido incapaz de ayudar a los mayores más vulnerables cuando más lo necesitaban.

Quiero pediros perdón, a los muertos y a sus familias, pero también y sobre todo a quienes seguís resistiendo, porque sólo imaginar los sentimientos de soledad, miedo, incertidumbre o ansiedad que habrán ido sucediéndose en las semanas más terribles de la pandemia me deja bloqueado. Cuántas veces durante el confinamiento hemos pensado que las mismas imágenes de hospitales saturados, de médicos y enfermeras y auxiliares (des)protegidos con mascarillas improvisadas o bolsas de basura como batas desfilaban constantemente por los televisores en esas salas colectivas de las residencias. Y los rótulos constantes con las cifras de contagiados y fallecidos… Sin poder siquiera ver a una hija o a un nieto que trasladara alguna mínima luz, alguna esperanza.

Pido perdón a residentes y familiares que tienen que escuchar a determinados dirigentes políticos, pero también a periodistas y contertulios, manejar los datos de los muertos como arma de acusación y argumento de debate. Me produce vergüenza ajena la hipocresía de quienes desde el primer minuto hicieron política con la tragedia para achacar no sólo toda la responsabilidad sino también una malvada intencionalidad al Gobierno central y a sus asesores científicos y más tarde han intentado no sólo ocultar sus propios errores en la gestión de los recursos sociosanitarios sino incluso aparecer precisamente como víctimas de una especie de persecución política. Son especialistas en crear la confusión suficiente para, en el peor de los casos, aplicar el ventilador en todas las direcciones. De modo que al final el “clima de crispación” parece haber surgido por esporas, y no como consecuencia de la provocación, la desinformación y la agitación como estrategia permanente de oposición política.

Debemos pediros perdón por haber consentido durante demasiados días que se fuera instalando paso a paso la sensación de irreversibilidad en el horizonte de los residentes enfermos y de los mayores en general. Como si fuera una especie de ley natural o de predestinación que en la lucha contra la pandemia la mayoría de las víctimas fueran aquéllas a las que su fecha de nacimiento sitúa hipotéticamente más cerca de la de defunción. Y no podemos consentir de ninguna forma que la práctica regulada y justificada del triaje decidido por los profesionales sanitarios sea sustituida por protocolos dictados por autoridades políticas que establecen “criterios de exclusión” relacionados con el grado de discapacidad física o mental de una persona, como ha ocurrido al menos en la Comunidad de Madrid. Claro que no es ético, y los tribunales dirán si además es ilegal. Yo añadiría que es inhumano.

Pediros perdón no basta, por supuesto. ¿Qué más nos tiene que pasar para que revisemos de arriba abajo un modelo sociosanitario que confunde los cuidados y la atención a la dependencia con la hostelería? ¿Hace falta algún documento vergonzante más para que se prohíba subvencionar con un solo euro público a ninguna empresa cuya propiedad radique en paraísos fiscales? ¿Vamos a tolerar que hasta nueve comunidades autónomas se nieguen a informar de los datos de fallecimientos en cada residencia para no perjudicar “los intereses económicos y comerciales” de las empresas? Precisamente las residencias mejor gestionadas son las primeras interesadas en que se conozca toda la verdad de lo ocurrido, y en qué medida han sufrido más bajas aquellas más masificadas, con recursos humanos más precarios o sin equipos de atención y protección suficientes. 

Rendir homenaje público e institucional a vuestra memoria es necesario y obligado. Es también una forma colectiva de pediros perdón. Pero tampoco es suficiente, por supuesto. Lo imperdonable será que no abordemos de inmediato esa revisión del modelo sociosanitario y de cuidados, que no exijamos un fortalecimiento de lo público, de lo común, de lo que puede salvarnos ante riesgos que nadie por sí solo puede superar. Deberíamos poder comprometernos a no dejarnos llevar por el ruido, la provocación, la pequeña política, el cortoplacismo, para centrarnos en lo importante, que esta vez además coincide con lo urgente, porque sabemos que el coronavirus sigue entre nosotros, y, ante una nueva ola, lo que ha podido ser una cadena de errores cabría calificarlo de crímenes si se repitiera. Os lo debemos.