Situaciones ofensivas que te pasan por ser mujer

13/05/2018

Ni lo corto de la falda, ni lo ceñido del vestido, ni lo generoso del escote. Tampoco la falta de iluminación en una calle a altas horas de la madrugada. Es un hecho constatado: ser mujer constituye en sí un riesgo. Y asumirlo, -mejor más temprano que tarde-, supone tener la cautela de sortear ciertos lugares o situaciones para evitar ser víctimas de agresiones o violencia sexual. Significa avisar al llegar a casa, no dejar a una amiga sola en la barra de un bar, tener la llave en mano para abrir veloz el portal o cambiar de acera para evitar a un hombre de aspecto sospechoso. Se traduce, en muchas ocasiones, en ser blanco de miradas obscenas, comentarios groseros o tocamientos furtivos al despiste.

Ocurre con más frecuencia de lo que se piensa como se refleja en este reportaje donde SUR recoge el testimonio de mujeres que viven en Málaga y cuentan en primera persona sus experiencias. Cómo las recuerdan o cómo las vivieron. Mujeres de diferenes edades, así como de ámbitos profesionales diversos. Sus casos evidencian situaciones cotidianas en las que se han sentido avergonzadas, intimidadas, agredidas u ofendidas. Mª Ángeles corrió campo a través con las piernas ensangrentadas por la maleza para huir de un exhibicionista, Laura se cambió «avergonzada» de asiento cuando el viajero de al lado puso la mano en su muslo y, Valentina, no comprende cómo se percibe como «algo gracioso» cuando confiesa que un niño le agarró un pecho en mitad de un pasacalles.

Son declaraciones que llegan apenas dos semanas después de la polémica sentencia contra ‘La Manada’-condenados a nueve años cada uno por abuso sexual, no por violación- que ha levantado ampollas y movilizado a miles de mujeres en plazas de todos los rincones de España para gritar al mundo la desprotección que sienten en pleno siglo XXI. Un fallo que también sembró una ola de indignación en redes sociales donde muchas empezaron a confesar episodios de agresiones sumándose a la iniciativa #Cuéntalo impulsada por la escritora Cristina Fallarás

Amanda Salazar. Periodista (37 años)

En el Cine: «Puso su mano en mi muslo. Salí pitando dejándome la película a medias»

«Recuerdo perfectamente la película: ‘Mujercitas’, con Winona Ryder y Claire Danes, en la sesión de tarde del Cine Albéniz, un día entre semana con mi vecina Rosa. Era una de las primeras veces que íbamos solas al cine. Yo tenía quince años. La sala estaba vacía, pero cuando se apagaron las luces se sentó alguien a mi lado. Ahí estaba. Tantas veces que me había advertido mi madre: «Siéntate siempre en la esquina». «Anda mamá, no seas exagerada». Pues nada, no le había hecho caso. Me pasé los quince primeros minutos de la película vigilando de reojo a aquel tipo, que no dejaba de moverse y de hacer movimientos raros. Al final me puso la mano en el muslo y di tal salto de la silla que cuando cogí de la mano a mi amiga para salir corriendo ella me siguió sin rechistar. Nos perdimos la película y comprendí que las advertencias de mi madre no eran cuentos chinos».

Heather Fraser. Profesora (52 años)

«Empezó a manosearse en unos baños árabes mientras me miraba; fue repugnante»

Más que rabia o indignación, esta británica vecina de Málaga desde hace años recuerda a la perfección una sensación de repugnancia. Ocurrió en unos baños árabes donde disfrutaba de una sesión de relax acompañada de su pareja. «En las duchas, un hombre, mostrándome sus genitales, empezó a tocarse mientras me miraba. No daba crédito: Salí de allí rápido para perderlo de vista», explica. A la hora del masaje volvieron a coincidir: De nuevo se destapó para mostrarle sus partes. Ya en la calle se lo confesó a su marido y, para su sorpresa, él le contó que había escuchado a las masajistas quejarse porque ese mismo hombre les había pedido que alguna de ellas que le masturbara.

Elvira. Periodista (28 años)

«¡Bébete mi leche! Me decía en el colegio bajándome la cabeza hacia sus genitales»

«Era tal mi inocencia que ni si quiera sabía qué significaban las palabras de aquel repetidor conflictivo. Un día, en sexto de Primaria, me agarró con fuerza la cabeza bajándomela hacia sus genitales: «Toma, bebe mi leche». Me hacía daño al forzarme. Lo conté en casa: mi madre explotó». ¿La solución del colegio?: «Nos encerró a ambos en una clase durante un recreo para que arreglásemos nuestras diferencias. Como cuando en Infantil los niños se pegan y los obligan a hacer las paces. Igual. Solo que aquello era muy diferente y ofensivo para mí. Sus ‘bromas’ nunca encontraron freno por parte del centro. Siguió con esas y otras ocurrencias a lo largo del curso mientras nosotras nos veíamos obligadas a evitarlo».

Elena de Miguel. Periodista (44 años)

«Se coló en mi portal con la bragueta bajada e intentó abrazarme»

Cuando eres mujer y sales (y sobre todo vuelves a casa) sola por las noches, tu vida se llena de consejos de amigas de lo más variopinto. Desde llevar un bote de laca para pulverizar a un supuesto agresor, a no adentrarse en el portal sin cerrar la puerta por dentro o llevar las llaves de casa empuñadas como si fueras a atacar con ellas (desconozco si una llave de puerta blindada tiene consideración de arma blanca, lo dudo). Nunca llevé laca, pero reconozco que hacía frecuentemente lo de las llaves y que un día fallé en lo de la puerta del portal. Y ese día, justo ese día, entró. Era la dos de la mañana. La cara agachada y la bragueta bajada. Me quedé bloqueada e intentó abrazarme. Le empujé y salí corriendo del portal. Sola, en la calle y de madrugada. Se atrincheró en el portal. No sé de dónde saqué el valor para acercarme al portero automático y toqué, toqué una y otra vez a casa de mis padres hasta despertarlos. Me pareció un siglo hasta que mi padre bajó y salió detrás de él: «Enséñamela a mí hijo de…». Aquello tuvo consecuencias, vaya si las tuyo. «A las 12 en casa y no hay más que hablar».

Manuela Astasio. Opositora (31 años).

«A plena luz del día en una calle abarrotada: ¡Voy a reventarte el coño!»

Madrileña afincada desde hace años en Málaga «por amor» vivió una traumática experiencia en una de sus primeras salidas sola a la calle. La idea era ver tiendas aunque su plan se torció nada más salir del metro: «Hubo un cruce de miradas que él quiso interpretar como una señal para seguirme. No tardó en gritarme: ¡Te voy a follar hasta reventarte el coño!, a pleno pulmón, enajenado, en mitad de una calle abarrotada mientras yo aceleraba el paso entre la multitud. Algunos miraban, supongo pensando que era una riña de pareja. Nadie hizo nada. Me escondí en una tienda de ropa. La sensación de desprotección fue tan inmensa que se me saltaron las lágrimas. Volví a casa en estado shock».

Elena Pérez Hita. Periodista (22 años)

«Escribí una reflexión sobre la mujer en Facebook y sufrí un linchamiento brutal en un foro machista»

Imagen junto al maniquí que la joven publicó en su Facebook.
Imagen junto al maniquí que la joven publicó en su Facebook.

«La primera vez que me llamaron ‘feminazi’ tenía 19 años y ni si quiera sabía qué significaba. Fue en Forocoches, donde la crítica y la burla son la tónica general. Todo comenzó cuando, en un día de tiendas tras ver un maniquí con unas medidas imposibles, decidí hacerme una foto junto a él y escribir una reflexión en Facebook sobre lo peligroso que me parecían los ideales de belleza y los referentes estéticos que se nos inculcan a las mujeres desde pequeñas con cuerpos extremadamente delgados. La publicación gustó, se viralizó -tiene más de 22.000 compartidos- hasta llegar a parar a ese foro donde sufrí un linchamiento brutal. Se publicaron más fotos mías y el hilo del foro dio rienda suelta a macabras opiniones, sexualizando mi cuerpo, humillándome como mujer. Me llamaron gorda, guarra y mal follada (está es muy típica). Todo por reflexionar sobre el mito de la belleza femenina que revienta nuestra autoestima».

Valentina. Abogada (33 años)

«Lo conocí una noche y me fui a su casa. Insistía en hacerlo sin condón»

«24 años. Me voy a casa de un chico que he conocido esa noche. Le digo que si no hay condón no hay relación. Me intenta convencer de que no lo quiere utilizar. Le doy (sin tener por qué) todas las explicaciones de por qué si no es con condón no lo hago. Insiste muchísimo. Al final consigo que se ponga el preservativo. A la primera de cambio se lo quita a escondidas y sigue con la relación. Afortunadamente me doy cuenta. Podría haberme quedado embarazada o podría haber contraído cualquier enfermedad de transmisión sexual. Y, sobre todo, le había dicho que NO».

Ester Requena. Periodista (39 años)

«La calle estaba desierta y pensé: si me atacan no se enterará nadie»

Eran apenas dos calles. ¿Qué podía pasar en un trayecto tan corto? Con apenas 22 años, por más que desde pequeña tu familia te repita que nunca vuelvas sola a casa, te lanzas. Decidí que un taxi a las cinco de la mañana para tan poco recorrido no merecía la pena. Error. Subía calle la Victoria cuando de repente un coche se paró a mi lado. Unos chicos de color lanzaron primero piropos para luego pasar a frases lascivas. En ningún momento me giré, seguí mi camino sin hacerles caso. Comenzaron a seguir paralelamente mis pasos mientras proseguían con frases de todo tipo. No recuerdo sus palabras exactas pero sí el miedo creciendo en mi interior: si me asaltaban, nadie se enteraría, de eso estaba segura. El pánico pudo conmigo. Incluso me tiré a la calzada para pedir ayuda. Otro coche paró y los acosadores desistieron por fin. El vehículo que frenó mis gritos también estaba ocupado por jóvenes. Ante mi estado de nervios y sin bajarse del coche me escoltaron a casa. Siempre les agradeceré ese gesto».

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Laura. Maestra de Pedagogía Terapéutica (41 años)

«Soltó una obscenidad sin importarle que estuvieran delante mis dos hijas pequeñas»

Su copa grande de sujetador siempre fue su talón de Aquiles, diana de frases de mal gusto disfrazadas de piropos que la avergüenzan desde la adolescencia. «Evitaba siempre ponerme escotes o camisetas que me marcaran el pecho. Sentía miradas inapropiadas y recibía comentarios desagradables», relata. Cuando tuvo a su primera hija, la lactancia supuso una especie de liberación personal: «Me deshinibí. No pensaba esconderme más: si quieren mirar que miren», se dijo. Sin embargo, ni la maternidad logró acabar con las groserías. Ha perdido la cuenta de las veces que un espontaneo le ha improvisado una vulgaridad haciendo alusión a sus senos: «Menudas tetazas», «Esas dos las querría para mí» o «vaya par de domingas», son algunas de ellas, aunque hubo una ocasión que le ofendió especialmente: «Iba con mis dos hijas pequeñas, de dos y cinco años, cuando uno me dijo una burrada sin importarle en absoluto que las niñas estuvieran delante. Y encima tienes que hacer como si no hubiera pasado nada».

Victoria López. Estudiante (29 años)

«Se acercó por detrás y se refregó conmigo. Me volví y estaba acompañado por su mujer»

«Me cago en tu madre». Es lo que le espetó con rabia a un «gracioso» con el que se topó en el Cortijo de Torres en plena Feria de Málaga. Paseaba con su primo cuando, sin mediar palabra, el joven intentó poner su mano en la entrepierna de ella. «Estuve rápida, le vi venir y le di un manotazo. Lejos de disculparse o achantarse se alejó mirándome desafiante. Mi primo ni se enteró», rememora. «No soy de las que se callan estas situaciones. Respondo, les recrimino o les insulto, lo que me salga. Aunque sí hubo una en que no supe reaccionar: Viendo una procesión de Semana Santa, en medio de la multitud, un viejo se acercó por la espalda y se refregó conmigo. Dos veces. Al girarme comprobé que iba con su señora. Me marché yo, con la rabia en el cuerpo».

Susana. Química (41 años)

«Tenía 13 años y me invitó a subir a su apartamento cuando paseaba al perro»

«La conversacón comenzó de lo más habitual otro perro se acerca a oler o jugar con el tuyo», cuenta Susana que por entonces tenía 13 años. «En casa nos turnábamos para sacar a la perra y esa noche me tocó a mí. El hombre, de unos 50 años o más, empezó a hablarme del instinto animal. Las hembras, los machos… Mi madre incluso miraba desde el balcón: pensó que hablaba con un vecino. Me dijo que tenía cerca un apartamento y me invitó a irme con él. Lo ignoré y volvió a hacerme la propuesta que me violentó hasta el punto de salir corriendo a casa, llorando. Mi padre bajó para ajustar cuentas. No lo vio. No lo volvimos a ver nunca. Desde entonces mis padres decidieron que no sacaría a la perra sola de noche. Y así lo hicimos hasta que nos olvidamos del asunto».

Zaida Alcalde. Estudiante (18 años)

«Durante meses los obreros de un bloque me silbaban y llamaban como si yo fuera un perro»

Su perrita, Mía, esperaba paciente la vuelta de las clases de Zaida para salir a pasear cada día. Su particular «pesadilla» empezó precisamente en esa rutina, cuando unos obreros de una construcción cercana tomaron por costumbre «molestarla»: «Me silbaban, decían cosas de mi culo y jaleaban cuando me agachaba a recoger los excrementos de mi perra. A veces incluso me llamaban a mí como si fuese yo la mascota. Me sentía acosada, vigilada y ofendida. Tanto me incomodaban que empecé a dar rodeos, a evitar esos pisos, y terminé por no querer sacar a mi perra de paseo. Un día me enfrenté a algunos de ellos y resulta que mis palabras les ofendieron».

Protestas en Málaga y otros puntos de España contra la sentencia a L’La Manada’. / Ñito Salas | Txema Rodríguez y SUR

Mª Ángeles González. Periodista (39 años)

«Parecía un abuelo entrañable, pero empezó a preguntarme si lo hacía con preservativo»

«Ocurrió hace más de veinte años. Estaba con mi madre y mi hermano mayor en la estación de autobuses esperando a que saliera el nuestro. Ellos se ausentaron unos minutos y yo me quedé sentada en un banco con todas las maletas. Un hombre mayor con bastón y sombrero se sentó a mi lado. Me pareció el típico abuelo entrañable pero nada más lejos de la realidad. Empezó a hablar conmigo en un tono amable, sin más. Pero entonces sus comentarios y preguntas empezaron a molestarme: «Qué lunar más bonito tienes en la cara, ya me gustaría a mí darle un beso», «¿tú tendrás novio, verdad?, ay, si yo tuviera 40 años menos…». Empecé a sentirme muy incómoda, quería irme de allí pero miraba tantas maletas y bolsos que me veía incapaz de cogerlo todo. Deseaba que mi madre y mi hermano volvieran mientras él seguía hablándome: «Harás cositas con tu novio, ¿no?, ¿usáis preservativo?». Me levanté. Como pude cogí y arrastré todas las maletas para cambiarme de sitio. Al volver mi familia se extrañó del cambio de sitio. Me inventé una excusa para evitar la vergüenza de que mi madre lo buscara y montara un espectáculo».

Marisa. Estudiante (18 años)

«Repetía: Ven, guapa, ven. Me temí lo peor»

Marisa andaba sola sobre las 23.00 horas de la noche en calle Ollerías. «Un hombre empezó a seguir mis pasos. A pararse si me paraba y a avanzar según me moviera yo. Decía «ven, guapa, ven» y yo empecé a temerme lo peor. La suerte quiso que alcanzara a una familia. Sin decir nada, me sumé a sus pasos como si fuera una más de ellos. A escasos metros de mi portal eché a correr con el corazón acelerado hasta abrir la puerta».

R. Aparicio. Periodista (39 años)

«Me agarró la cara por sorpresa y me besó sin darle pie ni permiso»

La última experiencia la cuenta la misma periodista que firma este reportaje. La primera vez que sufrí una experiencia de este tipo ni siquiera sentí su presencia. Tenía 15 años y aguardaba mi turno para comprar en un kiosco cuando sentí una mano ardiendo (la recuerdo hirviendo) en mi trasero. La puso tan abajo que incluso llegó a tocar mi entrepierna. Al volverme me topé con un hombre borracho. Contuve la rabia y guardé silencio. Ni siquiera a día de hoy sé bien por qué. Lo recuerdo con nitidez porque mi falta de respuesta no me dejó conciliar el sueño esa noche. Deseé encontrármelo días después para abofeteralo y demostrarle mi rechazo. Y juro que lo habría hecho. Nunca entendí ese bloqueo que se apoderó de mí. El mismo que años más tarde, en una fiesta universitaria tambien me impidió reaccionar cuando un tipo al que acababa de conocer, sin venir a cuento y por sorpresa, me agarró del cuello con fuerza, para darme un beso. Sus amigos le jalearon su hazaña mientras yo, tras empujarle, salía a la carrera, asutada y ofendida, buscando a mis amigas.

Otros casos en Twitter

La propuesta lanzada por la escritora Cristina Fallarás fue recogida con cientos de mujeres en Twitter. Aquí algunas publicaciones de #Cuéntalo vinculadas con Málaga. (Si lo deseas suma tu historia o tu aportación con el hashtag #CuéntaloMLG).