UNA HISTORIA DEL ADN DE EL PALO

03/05/2021

Según el padrón de contribuyentes paleños de 1820 había 39 cabezas de familia que suponía una población de 156 personas aproximadamente. Es decir, hace 200 años sus habitantes podían caber en un par   de los bloques de pisos de los que hoy hay en Echevarría o en playa Virginia. Pues bien, en apenas 29 años, es decir en 1849, nuestra barriada experimentó un crecimiento espectacular, pasó a tener 1532 habitantes. La barriada crecía de manera vertiginosa por su éxito como lugar para vivir, situada entre la mar y el campo y como medio de comunicación entre la Málaga centro y el Este de la provincia, que concentraba a poblaciones importantísimas como Vélez.

El éxito en su crecimiento siempre fue una constante, pero en los años del desarrollismo, en los 70-80 se rompieron todas las normas y pasamos a provocar un crecimiento desmesurado, actualmente excede de 40.000 habitantes.

Hoy faltan espacios que en un barrio provocan felicidad: parques, centros culturales, avenidas para pasear sin las presiones del consumismo y las aglomeraciones, centros para practicar deporte seguro y para todas las edades, sin que te cueste un riñón, etc. Y nos sobra cosas que provocan infelicidad y perjudican nuestro bienestar: Contaminación, ruido de tráfico excesivo, estrés y ansiedad por no tener tiempo para pasear disfrutando de los rincones del barrio, que evoquen nuestra  identidad de vecindad.  Antes los rincones nos recordaban experiencias concretas que estaban en el ADN de la historia del barrio:

Por aquí este corralón  donde se sufría precariedad, pero se compartía de manera solidaria lo poco que se tenía con los que más lo necesitaban,   como una sola familia.

Por allá ese pasaje tiernamente adornado con flores y macetas que olían a mayo, porque la calle pertenecía a todos y todas la cuidaban como su propia casa.

Por acá en la playa los caballones de arena para las moragas de sardinas, con sus chasquidos de rescoldos que perfumaban, moviendo los jugos gástricos a todos.

Por allí  subiendo hacia el campo por el arroyo jaboneros o el Gálica con el aroma a tomillo, romero, jara y mastranto que hacían hincharse el pecho de salud.

Esto era el disfrute de un barrio que evoca la cultura experiencial de la gente, la cultura vivida, que es tan rica como la leída, aunque ninguna de ellas sobra, al contrario. Pero la vivida se fue visibilizando poco a poco por el hormigón, las calzadas para coches   y una visión del horizonte ocultado por la inmediatez de los bloques de pisos, cada vez más altos que se cerraban en sí mismo, incluso rodeándose de verjas y rompiendo las relaciones entre las gentes, auto aislándose y dividiendo al barrio por clases e identidades distintas.

Todo esto trajo este éxito de la barriada con su excesivo crecimiento.

Aún así todavía queda en nuestro barrio restos de ese ADN, somos una de las poquísimas barriadas que todavía tiene posibilidades de fortalecer un modus vivendi perdido y recuperable.

Para ello tenemos que recordar cómo vivieron nuestros parientes más lejanos, los que iniciaron aquí la construcción del barrio, para así ver qué errores cometieron y que virtualidades construyeron.  Si repasamos los datos censales de contribuyentes de 1850, podemos descubrir que más de la mitad trabajaba en la mar, un buen número de ellos eran jornaleros y otro grupo bastante   numeroso trabajaba en el campo, luego había algunos negocios y profesionales como carpinteros, taberneros, herreros, panaderos, etc.

Gente muy popular que trabajaba día a día para subsistir. No es raro que cuando el corregidor del ayuntamiento de Málaga quiso cobrar un impuesto a repartir entre la vecindad paleña, el alcalde pedáneo de nuestro barrio de entonces que se llamaba Agustín María Hee (porque tuvimos un buen número de alcaldes pedáneos) ante la imposibilidad de cobrar ese impuesto se   dirigió al corregidor, en distintas ocasiones, pidiendo aplazamientos con excusas muy razonables:

En Mayo decía: “No hay pescado y está parado el tráfico de camino”

En Julio un habitante de una choza   ventorrillo del puente del Judío dijo que dejaba el oficio porque no podía pagar el impuesto.  El alcalde decía entonces “Los más de los deudores están ausentes ignorándose su paradero y los que actualmente existen se hayan segando, pido prórroga del plazo de pago”.

“Al fin y al cabo” están trabajando en la mar o en el campo para ganar el sustento diario.

En octubre el alcalde pedáneo de el Palo, aclaraba que la población estaba embarcada y pedía que se aplazara el pago al Día de todos los Santos, día en   que los patrones de barca hacían pagos y ajustaban con los pescadores.

Esta población paleña que vivía de manera tan precaria, apena se repartía en siete calles: C. Málaga que es la actual Juan Sebastián Elcano y Almería, C. Mar, C. Del Arroyo, C. De San Andrés, C. Vélez, C. Real, C. Altozano y un callejón sin salida, además de estas siete calles había otros lugares como Pedregalejo, El Olivar, Las Viñas con 65 cuevas habitadas.

El número de calles ha seguido creciendo de forma exponencial, pero los apellidos de aquella vecindad paleña, no variaron mucho en los primeros 50 años del siglo XIX. Hoy siguen siendo los apellidos más conocidos, populares y numerosos en nuestro barrio: Albarracín, León, Pastor, Soler, Galán, Román, Jerez, Rodriguez, y Gonzalez.

La historia de El Palo siempre ha estado marcada por la dejadez del Ayuntamiento de Málaga con nuestro barrio y sobre todo con las necesidades de los sectores más populares.

En 1878 los vecinos de San Telmo y Pedregalejo reclamaban al Ayuntamiento de Málaga alumbrado de candiles entre estos dos puntos y El Palo, argumentaban el gran crecimiento de población y de comercio que ya existía. Y aunque ya había un colegio público a cargo de los presupuestos del Ayuntamiento desde 1862, no fue hasta 1884 que se puso el alumbrado demandado por la vecindad, justo dos años después de que se fundara el colegio privado de los jesuitas San Estanislao.

Hoy no tenemos alcalde pedáneo en el barrio, las voces que hoy le tendrían que exigir   al ayuntamiento solución a los problemas están muy divididas en diferentes asociaciones y peñas, con diferentes intereses, que a veces no tienen nada que ver con las necesidades de los sectores que más lo necesitan, y con los espacios que nos pueden dar felicidad y no infelicidad. Para colmo, todas estas entidades están algunas peleadas y gastan más energía en criticarse unas a otras, que en juntarse para exigir cosas juntas.

Tampoco tenemos personajes ilustres, que gocen de la confianza de sus vecinos y vecinas, personajes populares que se muestran solidarios y comprometidos con el barrio y su vecindad, personas que están en el ADN de barrio como Matías Rodríguez, Niño delas Moras o Chicuelo y mujeres valientes y solidarias que hicieron barrio a base de ayudar a los más cercanos pero que pasaron inadvertidas porque a las mujeres se les invisibilizaba y solo se les valoraba que cumplieran con las tareas de sus casas.

Autor: MIGUEL LOPEZ CASTRO