VIDAS HEROICAS

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Trasladado, mal herido, sangrando, a un hospital de sangre, mi padre fue puesto en fila, tumbado sobre una angarilla, entre cientos de heridos que jadeaban, suplicaban, llamaban a sus madres, sollozaban, expiraban entre dolores desgarradores. Mi padre se sintió abandonado, desfallecido, perdiendo sangre, sin esperanza de ser atendido . . . mientras a su lado otros heridos en la sangría intentaban pasarse las documentaciones, antes de morir, seguramente, para que alguien se encargase de informar a los suyos que aquellos muchachos acababan de morir sobre la nieve, en el mismo inicio de 1.938, . . .¿por la patria?.

Y entonces mi padre se vio que había acudido a aquella casquería su compañero, su amigo del pueblo, ambos inseparables desde que los alistaron, iba ya para más de dos años, su hermano para siempre, lo cargara a sus hombros y comenzara a andar, a alejarse del hospital improvisado, camino de la oscuridad, laderas nevadas abajo, con mi padre semiinconsciente, con el amigo de mi padre infatigable, horas y horas . . . hasta llegar a algún pueblo, donde algún médico destacado cerca del frente pudiera hacer una primera cura a mi padre y asegurase así su supervivencia más segura.

Al pronto el amigo de mi padre . . . regresó a su puesto, manso e indomable . . .como un hijo de la tierra, como ambos amigos eran, gente de adobe y mimbre, fiereza y determinación por no dejarse tumbar tan fácilmente. Hombres de una tierra mesetaria, árida y extrema; hombres y amigos inseparables en medio de la dureza más implacable, desde su ingenuidad heroica, desde su anonimato de hombres de pro, hombres yunteros, hombres invencibles . . . hasta su derrota final, sin aspavientos, cuajados de vida y de entrega . . . a los suyos.

Recuerdo que dos días antes de ser llevado al hospital, definitivamente, para morir, afortunadamente en una agonía imparable y sedada, mi padre nos reunió a todos, a sus más cercanos, para “pedirnos perdón por todo lo mal que nos pudiera haber hecho en su vida”. Fue un momento intenso, duro, sin lágrimas, profundamente humano.

Y fue aún mucho más duro, más intenso, más humano, más desgarrador . . . la mañana que vinieron a buscar a mi padre para trasladarle al hospital, en su última y terminal visita, mientras yo le acompañaba y su mirada inmensamente triste . . . ya no tenía nada que decirme . . . porque ambos sabíamos que aquello ya era el final.

Y mi padre formó parte de esa legión de tipos, de seres humanos indestructibles hasta que caen irremisiblemente, tras haber apostado por la vida a lo largo de toda su existencia, convirtiéndose en ejemplos anónimos, humildes y heroicos de quienes forman patria, presente y futuro . . . en quienes somos y fuimos capaces de aprender algo de compatriotas que solo llegaron a ser ciudadanos de segunda o tercera, inaccesibles al desaliento . . . hasta el mismo punto final de sus esforzadas existencias.

“In memoriam” de quienes aseguraron, al menos, nuestra razón de ser, por nuestro amado y entrañable recuerdo.

  Torre del Mar enero – 2.016