El arquitecto Francisco Ortega firma Casa Sotarrá en el barrio de El Palo, un proyecto con el que ha querido mantener el carácter de esta zona marinera y pintoresca de Málaga
Es una vivienda sencilla, de 70 metros cuadrados. Tiene tejas planas alicantinas y una fachada blanca con zócalo. Recibe luz, mucha luz. Y su ubicación es envidiable: basta abrir la puerta y cruzar un sencillo paseo marítimo para llegar al mar. Es uno de los alrededor de 500 inmuebles que dan singularidad a un pequeño rincón frente al Mediterráneo en el barrio de El Palo, al este de la ciudad de Málaga. Una zona de origen humilde, de pescadores que levantaron minúsculos habitáculos sobre la playa que, con el tiempo, fueron evolucionando. Aquella solución se convirtió, sin embargo, en problema para las generaciones que llegaron después, porque el suelo era parte de la playa y aún es público, así que hacer cualquier tipo de obra requiere de permisos complejos de obtener. Son justo esos obstáculos los que ha conseguido solventar el arquitecto Francisco Ortega, de 35 años, para dar vida a la modesta Casa Sotarrá gracias a una obra sin estridencias que ha buscado restituir su cubierta y redistribuir su interior para ganar eficiencia climática y cumplir con las normativas de habitabilidad.
La calle Banda del Mar, que discurre paralela al Mediterráneo, acoge a la inmensa mayoría viviendas como esta, que flotan en una especie de limbo: sus propietarios pueden hacer usufructo de ellas, pero sobre un suelo que sigue siendo del Estado y depende de la Demarcación de Costas. Los inconvenientes generados —y las históricas peticiones de deslinde impulsadas por los vecinos para acceder también a la propiedad del terreno— también han sido, en cierta manera, una bendición. La imposibilidad de derribar y hacer obra nueva ha protegido el entorno, que hoy sobrevive como uno de los espacios más pintorescos de la ciudad. Es de los escasos riñones que mantiene su idiosincrasia original —más allá de una estética cuestionable— mientras el centro histórico se transforma para el turismo y barriadas similares y cercanas como Pedregalejo sufren la gentrificación, con el rápido avance de la hostelería y los apartamentos turísticos en detrimento del uso residencial. “La resistencia de El Palo es ejemplar. Es de lo poco que nos queda: yo no me imagino Málaga sin este barrio”, subraya Ortega, que dirige el estudio FOR Arquitectura.
Él ha sido uno de los pioneros en acometer la actualización de una de estas antiguas casas de pescadores. Y lo ha hecho gracias a conocer bien el terreno, a saber esperar con paciencia y, también, a la casualidad. El proyecto de Casa Sotarrá —que debe su nombre al vocablo popular que los locales usan para remendar redes de pesca— nació en el año 2021. Ortega, que había estudiado arquitectura en la Universidad de Granada, terminó aquel año el máster de Proyectos arquitectónicos: diseño ambiental y nuevas tecnologías en la Universidad de Málaga, para el que había sido becado tras ganar un concurso público. Su trabajo final se centraba en la arquitectura popular en los barrios marineros de Pedregalejo y El Palo, definidos en el ordenamiento como Colonia Tradicional Popular.
Hacer el espacio habitable
En su investigación descubrió casas autoconstruidas, materiales humildes, escasa presencia de hormigón y uso de técnicas constructivas tradicionales. También calles estrechas y un urbanismo sin regla que, a su vez, es un modelo sostenible a partir del que, creyó, se podrían desarrollar normas que permitieran mantener la idiosincrasia tradicional. El periodista Alfonso Vázquez se hizo eco de aquel estudio en La Opinión de Málaga en agosto de 2021. Y una de las fotos que acompañaban al texto era la del número 57 de la calle Banda del Mar. “Resultó que el dueño era de Vélez-Málaga, como yo. Me llamó y me hizo una propuesta. Acepté sin saber demasiado bien dónde me metía”, recuerda el profesional.
La propuesta era completa: realizar la gestión de las autorizaciones, hacer el proyecto y liderar la obra. Para llegar a ella, el largo proceso requería el permiso de la Junta de Andalucía y la posterior licencia de la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Málaga. Los plazos se eternizaron hasta que el arquitecto dio con la clave: la solución era, al menos, restituir la cubierta. Se encontraba en mal estado, con cañas y maderas podridas que podrían caerse en cualquier temporal. “La idea que planteé fue siempre hacer de la casa un espacio habitable”, cuenta el arquitecto. Aquel proyecto, tras distintas idas y venidas, terminó por cuadrar cuando el joven profesional ideó un plan estratégico por etapas indicando todos los paños que estaban en mal estado y necesitaban ser restituidos. Un calco pero actualizado. La licencia llegó en 2024. Era la hora del remiendo.
Maderas y cañas
Las obras empezaron, en enero de 2025, por el tejado. La cubierta original era un falso techo construido a base de cañas y estrechas vigas sobre las que se habían instalado, a hueso, tejas alicantinas. Y el plan fue quitarla para instalar nuevos soportes de madera con tratamiento fungicida e ignífugo, paneles reciclados de viruta de madera para ejercer de aislamiento y soporte y volver a colocar, sobre rastreles, tejas alicantinas fabricadas por La Escandella. Ello, además, permitió generar una cámara de aire de seis centímetros, por lo que el calor que genera la cerámica ventila en ese espacio y escapa hacia arriba por unas rejillas que apenas se ven. Así se disipa antes de afectar a la vivienda, reduciendo el consumo energético. La operación de restitución, dado el mal estado del entramado estructural de madera, se realizó sujetando unas partes y sustituyendo otras.
Más allá, la vivienda se actualizó en su interior. Lo que ya había se redistribuyó para adaptarlo a las normas de ordenación. Se mantuvo el patio central por el que se accede al inmueble desde la calle, donde se renovó el pavimento con baldosas de gres aragonés. En el lateral izquierdo se ubica la cocina y, en el derecho, un cuartito para la lavadora y el baño, con acceso exterior para pasar por allí tras un día de playa. Tiene, además, otra puerta desde el salón comedor, que ocupa todo el frontal del inmueble. El área privada queda atrás, al norte, con dos habitaciones a las que se llega a través de un pequeño distribuidor. Los suelos interiores son de terrazo blanco con acabado pulido, que intensifica la luz natural. Toda la zona pública —cocina y salón— queda expuesta a la luz con unas ventanas correderas que abren la casa al patio para mejorar las corrientes y recibir tanto iluminación natural como la brisa fresca del mar para ganar eficiencia energética. La casa tiene aire acondicionado, pero el arquitecto cree que ni es necesario. En verano, cuando aprieta el calor, basta con la ventilación cruzada. Los días de terral, quizá, son la excepción: es el momento de cerrar todas las puertas y ventanas.
La fachada, un calco de la original, es blanca y está actualizada con un zócalo de gres cerámico acabado en verde que interpreta que había anteriormente a base de pintura plástica. Incluye un pequeño tramo de celosía de piezas de hormigón prefabricado, instalado a hueso y cuyo color gris mantiene la paleta cromática. Su permeabilidad permite ver el azul del mar. “Además, sufre menos con la salinidad que el barro”, cuenta el arquitecto, quien señala que ese aspecto también ha influido para colocar piedras de granito en los alféizares de las ventanas. “Hemos usado materiales humildes, tradicionales, que mantienen la esencia de las viviendas del barrio”, insiste. Las obras acabaron a principios de este mes de abril.
“Al final no hemos hecho más que leer el barrio, analizar la situación normativa y recomponer la imagen de lo que había. Es la única manera de preservar esta zona: defender la arquitectura tradicional”, subraya el arquitecto, que cree que el entorno de Casa Sotarrá debería protegerse igual que se hizo con el centro histórico —declarado Bien de Interés Cultural— para mantener su idiosincrasia original. “La protección no debe ser siempre para monumentos o edificios firmados por grandes arquitectos o con estética especial. La arquitectura sin arquitecto [que tanto protegió Bernard Rudofsky] también hay que valorarla y defenderla, porque es de las pocas que conserva la imagen del barrio o la zona rural donde se sitúe. Si pensamos, además, en sostenibilidad, reutilización, tradición… Lo tienen todo. A nivel social y cultural, el valor de estas casas es inigualable”, sentencia quien cree que el área donde se ubica Casa Sotarrá debería contar con su propia ordenación urbanística para prohibir el aumento de densidad o altura y dar pautas estéticas. “A partir de ahí, ya se podría mantener de una forma parecida a la actual y conservar su valía para siempre consiguiendo, además, que la gente no tenga que irse fuera”. “Aquí se nos llena la boca de la Málaga marinera hasta que se puede especular con el suelo. Y es importante evitarlo para que no ocurra como el centro o Pedregalejo, que ya están prácticamente perdidos”, concluye Ortega.
Fuente: El País. Autor: NACHO SANCHEZ
