Vivir más y mejor

06/11/2018

La esperanza de vida de una persona es el resultado de una combinación de factores genéticos, ambientales y de comportamiento. Sobre la genética que heredamos al nacer apenas podemos intervenir, pero sí que podemos hacerlo sobre las condiciones ambientales y los hábitos que influyen en la salud. Con 83,1 años de esperanza media de vida, España es el cuarto país más longevo del mundo, y un estudio prospectivo publicado en la revista The Lancet vaticina que, si no cambia la tendencia actual, en el año 2040 podemos alcanzar los 85,8 años y ocupar el primer lugar.

Esta excelente posición se ha logrado gracias a una serie de factores diferenciales que deberíamos preservar como un tesoro nacional, como el principal capital de la marca España. Lejos de los mensajes catastrofistas que presentan el envejecimiento de la población poco menos que como una fatalidad para el futuro del país, lo primero que hay que resaltar es que no solo hemos ganado años de vida, sino años de vida con buena salud, es decir, con capacidad para ser productivos, creativos y socialmente activos hasta edades muy avanzadas. Diferentes estudios han mostrado además que el gasto por problemas de salud o dependencia se concentra en los últimos años de vida, independientemente de la edad a la que se muera. Es pues un problema de la economía y de la organización social, y no de la demografía, encontrar la fórmula que permita aprovechar todo ese potencial que hemos ganado al aumentar la esperanza de vida.

Pero que hayamos llegado hasta aquí no significa que no se pueda retroceder. Y de hecho se observan ya algunos cambios que pueden incidir negativamente sobre los principales factores que alargan la vida. El principal tiene que ver con los hábitos alimentarios. La dieta mediterránea, basada en el consumo de aceite de oliva, legumbres, fruta, verduras y frutos secos, es un factor esencial en la actual esperanza de vida. Disponer de una gran cantidad de productos frescos de calidad, diferentes en cada estación del año, garantiza la variedad y los nutrientes necesarios para una alimentación sana y equilibrada. Pero la pérdida de cultura culinaria entre los jóvenes y la tendencia a consumir comida rápida y productos preparados amenazan los valores alimentarios que hasta ahora han protegido nuestra salud. La creciente tasa de obesidad infantil es la principal señal de alarma. El otro gran factor protector es la existencia de un sistema de salud universal y gratuito que fomenta la prevención y ofrece prestaciones de alta calidad a toda la población. Pese a las listas de espera y la sobrecarga que soporta a causa de los recortes económicos, el sistema sanitario sigue siendo un garante de la igualdad de oportunidades de curación. Dotarlo y preservarlo es una condición indispensable para seguir ganando años de vida