UN DÍA DE FIESTA POR SAN ANTON

04/01/2019

Una de las mayores fincas de estos pagos, fue sin duda la hacienda de Santa María de Buenavista, más conocida por la de San Antón, situada en el monte más alto de los que circunda la urbe malagueña, a unos dos km de la línea de costa, dentro de lo que se podría llamar el cinturón de montes urbanos que delimitan el crecimiento de la ciudad hacia el interior. Caracterizado por sus tres cimas, fue un inmenso predio que perteneció al clero desde 1496, en que el Repartidor Juan Alonso Serrano lo entregase a unos ermitaños que le habían solicitado dicha gracia para fundar “un desierto” o lugar de meditación donde retirarse.
Tras la conquista de Málaga por los Reyes Católicos y la repartición de sus tierras entre los nuevos pobladores, se inicia la expansión de iglesias, conventos, y ermitas, donde en los templos se agradecen al Altísimo los favores concedidos antes y después de la guerra; otros en el silencio conventual de su comunidad tratan y meditan sobre lo divino y lo humano; y los menos, se aíslan en la Naturaleza en la búsqueda de todo lo que consideraban trascendente. Muchos otros, tan solo desconocen, viven y temen.
En los libros de Repartimientos de Málaga consta que en este por entonces retirado y hermoso lugar, había una casa y una huerta propiedad de un árabe. Esa fue la casa que utilizaron los ascetas para sus oraciones, alimentándose del huerto y de las limosnas que recibían, dándole el nombre de San Antón en honor de San Antón Abad, padre de los ermitaños.

Un primer plano de San. Antón.

Desde entonces, este gran predio estuvo habitado por diferentes congregaciones religiosas hasta la desamortización de octubre de 1835, y la segunda, en febrero de 1836. Las medidas desamortizadoras afectaron a la Hacienda de San Antón, donde se llevó a cabo un inventario para la incautación y supresión de la congregación de San Felipe Neri, que era la que ocupaba la ermita. Y por vez primera desde la anexión de Málaga a la Corona de Castilla, la ermita y sus terrenos dejan de pertenecer a la iglesia, pasando a ser propiedad definitiva del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Málaga, y luego, de acuerdo con la ley de 1º de mayo de 1845, directamente del Estado, cuya Comisión Provincial Delegada, encargada de su venta, decidió dividirla en suertes o trozos para su más fácil y ventajosa venta.

En casi cien años de diferentes propietarios, compras, ventas, y particiones de los trozos o suertes, existe una extensa historia en la que no podemos entrar por falta de espacio, por lo que nos trasladaremos hasta el año 1964, cuando se compró la totalidad de la hacienda por una sociedad, pasando por primera vez la finca a pertenecer a varios propietarios, que la habían comprado con el fin de parcelarla y venderla como unidades individuales.
A partir de este momento, el conjunto de la finca deja de tener especial interés, quedando centrado en la ermita y en la casa conocida como “el Castillo”, que fue adquirida por Jean Ardies, quien realizó nuevas e importantes reformas en la casa. La ermita, origen de la actual casa solariega, es considerada la más antigua del Cerro de San Antón por estar levantada sobre una construcción original árabe en 1496,
Siendo su último propietario el súbdito holandés Henderikus Lucas Visser, antes de ser adquirida por una empresa.

Altar de la ermita.

De forma muy somera y a grandes rasgos, esta es la historia del lugar donde antiguamente existía la tradición de subir en romería hasta la ermita de San Antón, llevando los animales domésticos para que fuesen bendecidos por los frailes ante la imagen del santo protector, aprovechando los romeros el día para, tras los rezos y bendiciones, “pelar la pezuña”, expresión con la que se denominaba almorzar o merendar en el campo.
Y eso era lo que hacían los paleños, olvidarse de trabajos y sinsabores, subir al monte y a la sombra de los pinos empinar la bota del buen vino de la tierra, y comer en la agradable y olorosa compañía de plantas como el tomillo, romero, o lavandas que tan generosamente crecen en este Altar de la Naturaleza.

Esta tradición terminó por desaparecer en 1962, cuando la imagen del santo fue depositada en el Museo de Bellas Artes por la familia Van Dulken, propietaria por entonces de la finca.
Sin embargo, la Asociación de Vecinos de El Palo, siempre atenta a las necesidades del barrio y dispuesta a recuperar viejas tradiciones, logró recobrarla nuevamente en 1980, aunque con cambios sustanciales que la alejaba de la tradicional de antaño, sobre todo, porque ya no se subía al monte para bendecir a los animales en la ermita.
La Asociación de Vecinos, continuó durante varios años organizando la tradicional subida a San Antón por el aspecto lúdico que representaba, en familia y alegre camaradería, hasta que con acertado criterio, decidió trasladar el lugar de la romería a otro bello lugar: el Lagarillo Blanco, para así dar mayor protección al monte de San Antón, su fauna y flora, ya que en él se encuentran 18 especies de mamíferos, una gran comunidad de invertebrados, que hizo calificar a la zona como de paraíso entomológico, y 123 grupos de aves observados, tanto migratorias como sedentarias, estivales, e invernantes. Aunque desafortunadamente, tras los dos incendios sufridos en menos de una década, muchas especies comenzaron a escasear e incluso algunas no se han vuelto a observar.

Vista exterior de la capilla.

La tradicional romería al Lagarillo Blanco, es cada año más popular y concurrida gracias al buen hacer de los componentes de la AAVV del Palo, que este año ha ofrecido trescientas cincuenta degustaciones de arroz, preparado por “Paelleros sin fronteras”, y se ha competido amistosamente en varios juegos, en un día que más que invierno, parecía el primer canto a la primavera.
Un excelente lugar el Lagarillo, así como San Antón, al que la ermita hizo singular. Lugares a los que Salvador Rueda hubiese podido dedicar estas estrofas, que brindó al huerto de don José García Martínez:
“Para vivir, ¡que asilo delicioso! Para morir, ¡que sitio tan hermoso! Para vagar, ¡que edén tan indeciso! Para admirar, ¡que altura luminosa! Para cantar, ¡que jaula milagrosa! Y para amar, ¡que eterno paraíso!”
José Antonio Barberá